Salvando anécdotas

Cazador de pesadillas No. 2

(Perro, Armadillo, Conejo)

1.- Andrés y Julieta (las plantas y las personas)

La vida reparte las cartas y nosotros las jugamos; todas son manos ganadoras sin importar las cartas que te toquen, claro que no es tan sencillo, hay que saber jugar, hay que hacer los cambios correctos y acomodar la mano a nuestra conveniencia. Es una partida contra los Dioses y te llevan ventaja, después de todo pueden ver el porvenir y saben lo que piensas; unos dirían que hacen trampa, pero en realidad son gajes del oficio.

Él nunca trabajaba en las mañanas y mucho menos en domingo, pero ahí estaba, intentando dormir en el bus que lo llevaba hacia su próximo trabajo.

Intranquilo, cada que el transporte doblaba en una esquina se asomaba por la ventana para ver si iba por el camino correcto; su sentido de la orientación no era nada bueno (al menos en la ciudad). En la mano sostenía un trozo de papel en donde había dibujado un rudimentario croquis con señas y leyendas como: “Miscelánea Rosita”, “taller mecánico”, “casa amarilla” y demás referencias que anotaba para no perderse.

Baja por fin y camina pasando casas lujosas de dos y tres pisos, la esperanza de un buen pago y un presentimiento alentador lo habían hecho romper la rutina. Por lo regular este era su “día de descanso” aunque siempre estaba ocupado.

La situación general era extraña.

En realidad no le interesaba lo que pasaba en el mundo pero dependía del ambiente; de la política y sus conjuros, de la sociedad y sus creencias. Después de todo, esto era un negocio; vendía un servicio, por tanto, estaba sujeto a las condiciones de oferta y demanda.

Toca por fin la puerta de la casa buscada, suena en el interior una melodía, tienen en la cochera dos autos estacionados, modelos de hace un año. La casa está bien cuidada, se nota una capa nueva de pintura en la fachada y la reja está adornada por flores de herrería.

En las protecciones de las ventanas hay varias macetas suspendidas, todas lucen bien cuidadas, seguramente tenían a una persona encargada de las plantas. Siempre le pareció absurdo como la gente con dinero gastaban por cosas que ellos mismos podrían hacer; pagarle a alguien para regar y podar las plantas; pagarle a alguien para lavar y doblar la ropa, eran gastos innecesarios aunque, seguramente, si él tuviera dinero de más, también haría gastos innecesarios.

Lo que realmente le llamaba la atención era la maceta que estaba al centro, era curioso que a pesar de estar bajo el mismo cuidado que las demás, era la única que parecía marchita.

« ¿Qué tan diferentes somos de las plantas? Bajo el mismo ambiente, algunos estamos marchitos».

– ¿Quién es? –dice una voz amortiguada tras la puerta.

–Soy Miguel, hablamos hace unos días acerca de su problema, quedamos en vernos el día de hoy.

–Oh sí, claro, claro –contesta antes de abrir la puerta.

Desde la entrada se asoma un hombre detrás de unas gafas con marco delgado, alrededor de los 40 años, alto y delgado, peinado hacia atrás; de entre el cabello negro y recortado se ven algunas canas, lleva pantalones beige y una camisa de manga larga color azul claro; su nariz era un triángulo que parte sus facciones por la mitad, era un rostro amigable y suave, agudo. A pesar de esto, se podía ver cierto fantasma de sonrisa burlona en sus labios.

Oportunista.

–Buenos días… usted debe de ser Andrés –afirma –mucho gusto –dice mientras sube los dos peldaños de la puerta ayudado por su bastón y le tiende la mano.

–Señor Miguel… pase, ya lo esperábamos –contesta su anfitrión mientras le devuelve el saludo.

El apretón es firme, pero las palmas de Andrés eran suaves, de alguien que no ha trabajado en el campo o en alguna tarea pesada.

–Con permiso –dice el brujo mientras cruza el portal.

La casa es amplia, el piso es de una loseta con diseño parecido al mármol, huele bastante a lavanda, rastros del detergente que usan para limpiar.

El bastón sobre el piso produce un sonido desafinado, anormal.

Del sillón color chocolate se levanta una mujer, cabello recortado y ondulado de color café claro, recién teñido; lleva un vestido de color blanco con flores rojas hasta la rodilla, zapatos de piso, esta maquillada sin exagerar, rubor, labial y rímel. Su rostro parece de una mujer de entre 30 y 35 años pero sus manos (con una manicura francesa) dicen 40 aproximadamente. Tiene la nariz respingada tal vez operada, los pómulos marcados, ciertas arrugas furtivas evaden el camuflaje del maquillaje y aparecen en las comisuras.

–Buenos días… soy Julieta –dice la esposa mientras se acerca para saludarlo –. ¿Quiere un vaso de agua o de jugo?

–Agua, me encantaría… gracias –contesta el brujo.

Julieta camina hacia la cocina, el aroma de su perfume se queda suspendido en el ambiente.

A Miguel le molesta.

– ¿Tuvo problemas al encontrar la casa? –pregunta Andrés.

–No, me dio buenas referencias…

–Aquí tiene… –dice la esposa al regresar con un vaso grande que le ofrece a su invitado.

–Muchas gracias… –corresponde mientras da un gran sorbo del líquido.

Algo en la casa se siente fuera de lugar; al verlos juntos puede notar que encajan perfectamente, como dos piezas del mismo rompecabezas, tienen el mismo ritmo y la casa, que discretamente trata de ser ostentosa, fluye con ellos.

Pero hay algo que no cuadra.

–De verdad esperábamos que viniera… pensamos que no nos atendería… pero ya que está aquí… bueno, es un alivio –dice rápido y condescendiente Andrés.

Toma otro sorbo de agua.

Julieta no deja de ver alrededor como si tratara de ocultar algo, cruza los brazos sobre su abdomen, se ve incomoda y respira rápidamente, como olfateando.

–Bueno… estoy aquí, así que díganme… ¿Cómo puedo ayudarlos? ¿Por dónde comenzamos?

–No sé, son varias cosas que no sabríamos por donde comenzar –dice la mujer mientras toma del brazo a su esposo.

–Sí… son cosas tan diversas que sentimos que hay algo… mal… usted entiende –dice Andrés.

– ¿Qué es lo que más les preocupa? –Indaga Miguel – ¿Se han sentido mal de alguna manera? ¿Escuchan ruidos extraños? ¿Algo fuera de lo común que los inquiete?

La pareja se ve el uno al otro como decidiendo que hacer.

–Bueno… han pasado varias cosas… prácticamente todo lo que menciono –comienza Andrés –pero creo que lo más inquietante es la comida…

– ¿La comida? –pregunta el brujo.

–Si… se descompone muy rápido –comenta Julieta – van tres ocasiones en las que preparo la comida y en menos de… una o dos horas… se echa a perder.

– ¿Se “aseda”? ¿Huele mal?

–No… Es más que eso –intercede Andrés – le aparece ese moho verde y negro… como si tuviera varios días descompuesta.

–La última vez que paso todavía estaba caliente cuando se pudrió –agrega su esposa.

Miguel escucha intrigado.

El presentimiento era ya un hecho, pero en vez de ser el alentador impulso que lo levanto temprano; resulto ser un eco inquietante que estimulaba su curiosidad y precaución.

–Interesante –suelta Miguel.

– ¿Interesante? –Repite Julieta extrañada – ¿Le parece… interesante lo que nos pasa?

Era indignante que aquel hombre al que le pagaría por resolver su problema estuviera emocionado con su situación.

Deberían votar a ese sujeto de su casa.

¿Quién se creía?

–Sí… es curioso… no por lo que sucede, sino por lo que pueda ser… o mejor dicho–contesta el brujo y voltea a ver al esposo directo a los ojos, él aparta la mirada en menos de un segundo –. Es curioso por qué les pasa esto a ustedes… en específico.

– ¿Piensa que alguien nos está haciendo esto? –pregunta la esposa.

–No lo sé… siempre existe esa posibilidad –contesta restándole importancia a su escepticismo.

–Y… ¿puede remediarlo? –pregunta Andrés.

Era lo único que le interesaba.

–Si… solo necesito saber que es realmente –dice seguro de sus habilidades.

En realidad solo le preocupaba una remota posibilidad y aunque era improbable, sabía que tarde o temprano se toparía con ese callejón sin salida; eso era lo curioso del caso, ver qué era este mal.

– ¿Qué más necesita saber? –pregunta el esposo.

– ¿Qué más les ha pasado? ¿Qué otra cosa los inquieta? –indaga el brujo.

–Bueno, hay un olor en toda la casa que… no se quita, como a humedad… no importa cuántas veces limpie o cuanto aromatizante use… se queda ahí… –dice la mujer mientras se rasca los antebrazos.

Andrés asiente en silencio con la vista fija en el piso.

En realidad no había aroma, Miguel no lo percibía, era un estímulo que solo ellos eran capaces de sentir.

–Luego están las hormigas –dice el esposo.

– ¿Cuáles hormigas? –pregunta con verdadero interés.

–Aquí –dice la mujer mientras camina hacia las ventanas de la sala –. Esas hormigas negras no se mueren ni con el “Raid”, aparecen y reaparecen siempre.

Una fila de puntos negros se mueven por todo el marco de la ventana, eran más que unas cuantas hormigas; al notar su presencia, pudo ver que estaban también en las trabes del techo y en la parte de arriba de las puertas.

–Ok… hormigas y olor a humedad… supongo que no han podido dormir bien ¿se acuestan inquietos? –se adelanta a los hechos.

–Sí, sí… yo me despierto al menos tres veces en la noche… es como si dejara algo inconcluso… como si me faltara algo que hacer…

–Es una sensación como de angustia –complementa la esposa.

–Entiendo… –comenta echando el peso sobre su bastón –. Y díganme… ¿Han tenido ataques de enfado repentino? ¿Se sienten enojados de la nada? –la pareja guarda silencio mientras intercambian miradas.

La vieja brújula giraba buscando información en sus reacciones.

En su experiencia, las personas se negaban a decir todo bajo la excusa de cualquier pretexto. Él no perdía tiempo luchando por conseguir la verdad, había entrenado sus sentidos para percibir y usaba eso para descubrir lo que ocultaban, para ver más allá de lo que sus palabras trataban de evadir.

– ¿Puede ayudarnos? ¿Puede detener esto? –retoma Julieta.

–Sí… creo saber que es –comienza –. Pero para asegurarme… necesito que estén todos, necesito verlos a los tres.

Julieta y Andrés se ven en silencio.

Miguel espera paciente la negativa.

–Amm… ¿Es realmente necesario? –comienza el esposo.

–Nosotros podemos darle toda la información que necesita… si quiere detalles de lo que sea… enserio… no hay problema… –dice la mujer con una sonrisa.

Detiene su excusa ante la mirada acusadora del brujo.

–Ustedes deciden –dice Miguel con el tono frio que usaba cuando algo lo desesperaba –. Pero… ¿Cómo les explico?… si no tengo la información completa, si no puedo ver la verdad no sirve de nada, estas cosas no son iguales siempre, no tengo en mi mochila un “champú anti-embrujos” o un “jabón milagroso” –explica tratando de censurar su sarcasmo –. Sin los hechos… si les “receto” mal, podría empeorar las cosas –la pareja resiste el regaño –. Hay de “dos sopas”, o me dejan hacer mi trabajo como debe hacerse, o pueden resolverlo ustedes, se nota a leguas que tienen la situación bajo control, digo ¿Quién necesita dormir bien? a lo mejor se sienten a gusto así… ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Guarda silencio.

Le exasperaban las personas que pedían su ayuda y se negaban a cooperar, él no se había ofrecido a ayudarlos, para él eran menos que desconocidos, si el cansancio y la presión los hacían estallar podían terminar en la cartelera de la “nota roja”, no sería la primera ni la última vez que sucediera, solo necesitaban que alguien presionara el botón correcto.

Miguel mejor que nadie lo sabía.

–Bueno… si es realmente necesario –dice Julieta torciendo el gesto –. Subiré por ella.

La mujer sube las escaleras mascullando maldiciones.

–Preparare las cosas –dice el brujo mientras camina hacia su mochila marcando el paso con su bastón.

Andrés trata de asomarse para ver el interior de la mochila, había bolsas de plástico dentro de bolsas más grandes y algunas botellas de refresco con líquidos de diferentes colores.

Miguel tenía un caos dentro de su macuto, pero aun así, en medio del desorden, sabía bien donde estaba cada cosa; eso no era ninguna magia, era parte de su personalidad.

Saca por fin dos paquetes, uno envuelto en papel de estraza y el otro cubierto por un pañuelo de color negro; también saca una botella de líquido verduzco, una caja de cerillos y dos paquetes de inciensos.

–Bueno, creo que ya está todo –dice mientras se pone de pie y voltea.

Se escuchan dos pares de pies bajando por la escalera, Andrés se acomoda los lentes nervioso por lo que está por pasar, aunque no sabe con exactitud que va a pasar.

¿De dónde saldrían esos pensamientos que parecían ajenos?

¿Cómo podía estar preocupado por algo que desconocía totalmente? Confiaba en el brujo o al menos en lo que decían de él; pero algo dentro de si quería no creerle, una parte dentro de él le gritaba que lo sacara a patadas.

–Saluda… anda… –le murmura la esposa a la joven que trajo de la planta alta.

Es delgada y menos alta que su madre, tiene el cabello negro sin las ondas artificiales de Julieta, su nariz es aguda al igual que su padre; lleva una playera negra de alguna banda de rock, los pantalones de mezclilla están rotos en las rodillas, usa unos tenis tipo convers, las muñecas están llenas de pulseras, tiene máximo 16 años.

–Buenos días señor… es un honor conocer a alguien con su profesión –dice la niña.

De inmediato, como si sus palabras estuvieran cargadas de veneno, un dolor punzante se apodera de la pierna derecha del brujo, la misma pierna de la que cojea. La chica que está enfrente de él emana una aura peligrosa e inestable, totalmente ajena a ella.

–Buenos días… ammm…. –dice con un movimiento de hombros y cejas, en una pregunta muda.

–Alondra –contesta la niña.

–… Alondra… –repite mientras le tiende la mano.

El contacto de la palma fría de la joven le causa un cosquilleo en la nuca. Era una sensación que hace tiempo no había sentido; su cuerpo sutilmente le advertía que pasaba algo más grande que moho y hormigas.

2.- Alondra (la fachada inocente de un mal)

–Bueno… ya que estamos todos, podemos comenzar –dice Miguel con un aplauso –. Les voy a pedir que pasen aquí –continua mientras ve hacia arriba como buscando un punto específico en la geometría del techo para después señalar el mismo punto en el piso –. Uno por uno –termina.

La familia guarda silencio.

Andrés y Julieta se ven uno al otro y antes que cualquiera de los dos tome la iniciativa, Alondra da un paso al frente; el padre detiene a su hija y se ofrece con una sonrisa falsa que disfraza su miedo.

Miguel lo acomoda en el punto.

Toma la botella con liquido transparente-verdoso y derrama parte del contenido dibujando un circulo alrededor de Andrés; una vez que une el inicio con el final, cierra la botella y rápidamente toma la caja de cerillos, saca una varita (cuadrangular) delgada con la punta azul y raspa un costado de la caja arrancándole una chispa.

Miguel acerca el fuego al círculo que dibujo.

La madre salta al ver encenderse el líquido.

El padre cierra los ojos con fuerza.

El brujo extiende su mano izquierda (la derecha sostiene el cerillo) apuntando a la circunferencia de llamas azules que rodean a su “paciente”; Julieta jala del brazo a su hija y la mantiene pegada a ella, la chica ve con ojos abiertos de asombro.

El fuego refulge, en menos de medio segundo las llamas se vuelven blancas en un destello y regresan a su azul normal.

Andrés siente en el instante del flash que una mano inmaterial le jala las entrañas hacia abajo; cuando el líquido combustible se evapora apagando las flamas, siente náuseas y una ligera agitación, su piel era uno o dos tonos más pálida dándole un aspecto cansado y enfermo. Pero a pesar de su imagen, sentía alivio.

Miguel acerca el cerillo encendido, la flama casi toca la yema de los dedos, Andrés entiende sin instrucciones y sopla.

El brujo inspira profundo el humillo con los ojos cerrados y los sentidos despiertos, espera a que se manifieste cualquier indicio, un aroma, un sonido, una imagen; cualquier cosa.

Nada.

Exhala abriendo los ojos, no había nada en el padre; el trabajo que les habían hecho les afectaba a los tres pero Andrés no tenía huella en él, no era el objetivo.

Con un ademan le indica al padre que se retire y después le extiende la misma mano a Julieta para atraerla “al ruedo”.

– ¿Estas bien? ¿Cómo te sientes? –le pregunta a Andrés por lo bajo.

Su esposo solo asiente repetidamente sin decir palabra. En realidad se sentía bien, con un alivio extraño, como si dejara de cargar una mochila pesada o acabara de tomar un vaso de agua después de morir de sed; estos últimos días había estado teniendo ideas que no parecían suyas, deseos y arranques que lo tenían al borde de hacer una locura o una estupidez. Por fuera parecía normal pero por dentro era una olla exprés a punto de estallar.

Ahora, sin esas ideas en su cabeza, sentía un poco de vergüenza, se sentía culpable por lo que pensaba y por sus explosiones anímicas.

“Todo estará bien, tranquila”, le dijo sin voz a su esposa mientras el brujo la colocaba en donde estuvo él antes.

Estaba nerviosa, sentía unas pequeñas gotas de sudor frío recorrer su espalda debajo del vestido.

El brujo siguió los mismos pasos, primero el círculo de líquido inflamable, después la chispa del cerillo; el corazón de la esposa daba fuertes y rápidos latidos, como tambores de guerra.

Cuando el señor Miguel acercó la pequeña flama al círculo y el fuego corrió alrededor de sus pies, Julieta estuvo a punto de llorar por el miedo, como una niña pequeña que enfrenta una pesadilla. Sintió el calor en sus tobillos, el brujo extendió su mano a las llamas, toda su vista se llenó de un fulgor blanco; en la nuca sintió un vacío, como si alguien succionara su cerebro desde la espalda con un popote, como una cañería que se destapa; el vacío siguió caminando a sus caderas para terminar en sus talones.

Miguel acercó el cerillo y Julieta aún con la vista doble logró apagarla de un soplido; nuevamente aspiro el humo y cerró los ojos.

Nada.

Por eliminación, no había otra respuesta más que la chica.

Julieta tenía la piel de gallina pero no se sentía mal, todo lo contrario, sentía un alivio que no recordaba desde hace mucho; el miedo que hace unos minutos había experimentado, ahora le parecía absurdo. Cuando esta pesadilla comenzó, sentía que tenía a otra persona en su cabeza fingiendo ser ella misma, había tenido pensamientos y sensaciones que nunca imagino tener.

Era como si tuviera algún virus que alterara su personalidad, la libido descontrolada que sentía era totalmente ilógica en ella y también cierto desprecio por su esposo a quien sabia, sin ninguna duda (o al menos hasta esos días) que amaba.

La mujer dio tres pasos temblorosos a donde la esperaba su esposo con la piel aún lechosa y el sudor en la frente. Cuando sus manos se estrecharon (ambas palmas frías y húmedas) todo volvió a retomar el ritmo natural.

El brujo volteo a ver a la chica, todo apuntaba a ella y estaba por descubrir de que se trataba todo esto, porqué una adolescente era el epicentro esotérico de la casa y cómo había llegado a serlo; si Miguel se la encontrara cualquier día en la calle, seguro no le tomaría importancia, parecía una adolescente común y corriente, pero algo de ella, no… Algo en ella estaba rompiendo el ritmo de su hogar y nada de eso era de manera intencional.

La chica se paró donde habían estado sus padres hace unos minutos, ellos la veían maltrechos pero más tranquilos que al principio, esperaban que aquel rápido ritual del círculo de fuego pudiera darle la misma calma que ellos sentían en este momento.

El brujo dibuja el círculo a sus pies, toma un cerillo y después de tres intentos, logra arrancarle chispas a la caja y encender una flama.

En el instante de la ignición, la chica siente su estómago revuelto.

Cuando el cerillo entra en contacto con el líquido y el fuego recorre la circunferencia, la chica se retuerce arqueando la espalda y encogiéndose después.

Miguel observa la reacción, tranquilo, como si eso fuera algo esperado; Julieta y Andrés están paralizados viendo a su hija moverse como una marioneta con las cuerdas enredadas.

 Cuando Miguel extendió la mano izquierda no hubo destello, al contrario, el fuego se extinguió como si una ventisca hubiera soplado. La chica emitió un chillido entre dientes y sus piernas perdieron la fuerza; los padres corrieron para atajar su caída pero el brujo ya la sostenía.

 – ¿Qué pasó? – pregunta Julieta con cierto terror.

–Es una reacción al tratamiento –contesta el brujo calmadamente aunque con el ceño fruncido.

La joven se retuerce en sus brazos mientras lentamente vuelve en sí.

– ¡Usted dijo que podía solucionar nuestro problema! ¡Eso no parece ser una mejora! –suelta la madre con verdadero enojo mientras su esposo le ayudaba a Alondra a ponerse de píe.

–Claro que puedo solucionar su problema –contesta Miguel con tranquilidad.

–Entonces ¿Qué demonios paso? –Pregunta perdiendo la paciencia – ¿Por qué mi hija tuvo esa reacción?

– ¡Simple! –Comienza el brujo –la reacción es porque su hija es el origen de todo.

– ¿A qué se refiere? –Pregunta el padre – ¿Qué significa eso?

–Bueno… primero significa que no necesitaremos esto –dice Miguel recogiendo el paquete envuelto en tela negra y guardándolo de nuevo en la mochila –. Y segundo, que su hija tiene un parasito, parasito que causa todo esto –dice haciendo un ademan señalando a toda la casa.

– ¿Un parasito? ¿Cómo una lombriz o algo así? –pregunta con voz débil Alondra.

–Más o menos… sí, digamos que se está robando tu…amm… energía, se alimenta de ti para poder expandir la enfermedad en la casa y si no lo tratamos rápido puede llegar a drenarte y bueno… colapsar este lugar.

–Bueno ¿Y ahora? ¿Qué sigue? –pregunta el padre – ¿Tiene alguna poción o brebaje para estos casos?

–Si… pero me temo que en esta ocasión no serviría para nada –explica el brujo, mientras saca cuatro varitas de incienso –. A esta clase de “bichos” es mejor arrancarlos de raíz –los padres se miran entre sí preocupados –. No se preocupen… es una operación sencilla.

– ¿Operación? –pregunta la madre mientras lleva su diestra al pecho.

–No voy a abrirla en canal o algo por el estilo –habla Miguel –pero si debo diseccionar su mente.

Los padres guardan silencio e intuitivamente se paran enfrente de Alondra.

La chica siente la protección como un abrazo cálido que alivia por un momento su malestar. En cualquier otra situación habría molestado su sensibilidad adolescente y se habría enojado por la sobre protección.

–No corre ningún peligro y no tendrá ninguna cicatriz –contesta ante la postura de los padres; su molestia seguía aumentando, eran unos clientes difíciles que pensaban que podían negociar, creían que los métodos del brujo se debían de adaptar a ellos y no al revés –. Eso claro si quieren la cura a sus dolencias, si no, no hay problema; las cosas que sigan su curso y si su hija no muere… bueno, tendrán una vida más o menos normal, digo tal vez esta casa ya no sea suya y tal vez ya no sean una “familia feliz” pero estarán bien… creo; tener una boca menos que alimentar tal vez les sea conveniente, si la sacan a patadas de aquí bien podrían eliminar todos los problemas, así con suerte podrán entrar en la alta sociedad e ir a restaurantes lujos, de esos que ponen palitos de pan en las mesas.

Julieta y Andrés tienen una rápida conversación muda con las miradas fijas la una en la otra.

–Me jura… que mi hija estará bien –le dice Julieta en una súplica al brujo –. Júremelo por lo más sagrado que tenga.

Miguel guarda silencio ante el repentino cambio de ambiente y personalidad de los padres.

–Júrelo… –intercede Andrés.

– ¿Y si me niego a jurar? –contesta el brujo.

–Bueno, habrá demostrado quién es en realidad… y esa puede ser información valiosa para los curiosos –dice el esposo con una tranquilidad calculada.

–No estoy buscando promoción y mucho menos me interesan los curiosos –dice esperando el siguiente movimiento de su “cliente”.

–Correcto –dice con una sonrisa ensayada –pero… tal vez… usted le interese a los curiosos o… alguien espere encontrar promocionales de usted.

Tal vez alardeaba, tal vez tenía un punto.

Eso le convenía.

Este tipo de ratas siempre van en manada y donde hay una, siempre hay dos.

El caso era real, el hechizo y sus efectos eran tangibles, sin duda alguna no era un señuelo, pero tanto Andrés como Miguel intentaban adelantarse un paso a cualquier posible resultado de esta visita.

Si quería llegar al final del laberinto y descubrir quien se había robado el queso, sin duda alguna tenía que seguir su juego.

–No tengo algo o alguien por lo cual jurar… pero tienen mi palabra…

Las miradas se encuentran.

–Es suficiente –dice el padre en un tono totalmente diferente a como hablo cuando lo saludo en el portal; ahora era asertivo y su voz no tenía un ápice de duda, tajante; extiende su mano para sellar el pacto.

Cuando el brujo acepta el saludo, Andrés con la mano libre le sujeta el antebrazo.

Para Miguel todo era más claro, ahora era más creíble que el esposo fuese víctima de un ataque, quizá todo esto no era su culpa por completo; estaba muy lejos de ser una mente maestra o alguien con verdadera influencia sobre el mundo, pero era cierto que estaba en un círculo que había molestado a alguien con conocimiento de lo oculto.

– ¿Qué necesita? –pregunta el padre retomando su tono lisonjero.

–Una silla y un cerillo –contesta el brujo mientras saca su cajita de fósforos – ¿Puede sentar a Alondra en el sillón? –le indica a Julieta.

La madre obedece y coloca a su hija con exagerado cuidado en el sillón mientras el padre trae una silla del escritorio, Alondra aún desorientada le sonríe desafiante al brujo, como emocionada.

Le empezaba a agradar la chica.

El señor Miguel saca de su mochila un incensario hechizo hecho con una lata de Coca-Cola; enciende 4 varitas de incienso y después de unos segundos sopla la llama y un hilo de humo empieza a danzar.

–Préstame tus manos… así –le dice a Alondra mientras coloca sus manos con las palmas hacia arriba.

Se sienta enfrente de ella y coloca la lata de Coca-Cola en medio de los dos. Pone sus manos con las palmas hacia abajo sin tocar las de la chica.

–Necesito que cierres tus ojos y respires profundo –da la instrucción el brujo.

La chica obedece. Su nariz se llena del incorpóreo aromático del copal y la ruda.

Los padres observan al marguen.

El delgado hilo danzarín de humo deja de hacer ondas y se convierte en una columna blanca que llega hasta el techo, a ese paso, las brasas se apagarían pronto.

El brujo cierra los ojos y coordina su respiración con la de Alondra. Comienza a emitir un sonido con la boca, una sola nota sostenida, como el sonido que hacen en la meditación.

«Ahora inhala profundo y saca todo el aire en un soplido».

Da la instrucción.

La joven saca todo el aire de golpe, se da cuenta que el brujo no había dejado de emitir el sonido, aun cuando hablo ¿Será acaso que el sonido está dentro de su cabeza?

En el espacio que hay entre sus manos nace un destello que se mantiene como una bola de fuego blanca.

Alondra siente que pierde el equilibrio y el vértigo se agolpa en su nariz mientras cae; es arrancada de sus pensamientos y arrojada al vacío.

La negrura.

Un frio se apodera de ella, no como si estuviera atrapada inmóvil en una nevera más bien, como si cada uno de sus huesos y músculos estuvieran hechos de hielo.

Miguel Siente que cada una de sus células explota en chispas multicolores comenzando por sus palmas y extendiéndose por todo su cuerpo; se desintegra, en su mente, y hecho chispas, polvo y colores, cae en un vértice.

Ambos giran, se precipitan por un tubo inmaterial cada vez más chico.

La gravedad los deja caer de golpe sobre una cama de césped.

3.- La vasija y el agua (viaje al centro de la mente)

La caricia de la hierba fresca en la mejilla de la chica la hace volver en sí; siente un dolor punzante en la cabeza y tiene la vista desenfocada. Enfrente de ella hay una figura erguida, apoyada en un bastón y con la mirada fija en el cielo. Intenta levantarse con el mundo aun girando, la figura voltea a verla y se acerca.

– ¡Vamos! ¡Arriba! No tenemos mucho tiempo –Le dice mientras le ofrece una mano para levantarse.

Poco a poco sus ojos se acostumbran al entorno; poco a poco reconoce el rostro que esta frente a ella.

Era el Brujo.

– ¿Qué sucedió? ¿En dónde estamos? –pregunta con cierta preocupación.

–Míralo por ti misma –le contesta el señor Miguel aun con la vista fija en el cielo y ahora la mano extendida, midiendo.

Alondra abre y cierra los ojos repetidamente hasta lograr ver con la claridad de siempre. Frente a ella se extiende hasta el horizonte un mar de árboles, las distintas alturas crean una ilusión de oleaje; aquí y allá, como lunares sobra la piel arbórea, hay manchas negras.

Marchitas

Esta parada en un claro, en una colina y a pesar de que los arboles están lejos, puede reconocer algunos, hay pirules, eucaliptos, ciruelares, también puede ver limonares y naranjos; si pone suficiente atención en alguno de ellos, como si de un close-up se tratara, su vista amplia los detalles.

–Tenemos que movernos –dice Miguel –el día avanza rapido –termina apuntando al cielo.

La chica notó que la luz había cambiado; la primera vez que abrió los ojos, la luz era de un gris azulado, como si tuviera todavía partículas de noche en ella. Ahora el cielo era de un azul brillante y las sombras comenzaban a hacerse más chicas, serían las ocho o nueve de la mañana.

–Pero… ¿A dónde vamos? –pregunta.

–Tenemos que ir ahí –responde Miguel apuntando a la mancha marchita más grande.

– ¿Y que hay ahí?… ¿Qué es este lugar?

–Bueno… esto es tu mente –dice el brujo –y con suerte ahí encontraremos a tu parasito.

–Entonces… ¿Mi mente es un bosque? ¿Todas las mentes son bosques?

–Amm… sí y no.

– ¿Entonces…?

La chica lo veía confundida y aparentemente, no daría un paso más, hasta tener una explicación; de entre sus facciones juveniles se podía adivinar cierta sombra del gesto de Julieta. Era su hija después de todo.

El brujo respira profundo, totalmente desesperado.

–El humo que había entre nosotros ¿lo recuerdas? –Alondra asiente –. Bueno… digamos que es como… un puente, que con mucho esfuerzo y energía estoy manteniendo abierto para que tu pases –dice enojado y sarcástico.

La chica contesta con un silencio interrogante.

El brujo aprieta las mandíbulas.

Mantener el lugar estable era agotador, sentía que el soplido gentil de la brisa era abrasivo y cada célula de su piel se derretía. No tenía tiempo para esto entre más tardara, más difícil seria acabar la tarea.

–Lo diré mejor… más claro –comienza con lo último de paciencia que había en el –. Todo esto que ves… es una representación de tu mente… dentro de mi mente… yo soy la vasija y tú eres el agua… –explica y espera la reacción.

– ¡Vaya! Eso es… es… ¡Loco! –contesta con un entusiasmo tal que le arranca al brujo una sonrisa amarga.

–Tenemos hasta que se acabe el humo… cuando el sol llegue al otro lado –dice apuntando al poniente –con el atardecer, todo esto se desvanecerá, debemos salir de aquí antes de que eso suceda.

– ¿Y si no logramos salir?

–No entiendes… tenemos que…

Alondra observa el lugar que señala tratando de calcular la distancia y el tiempo que les llevaría llegar hasta ahí.

– ¡Tardaremos horas en llegar! –exclama.

–No lo creo, llegaremos en minutos, si no es que en menos.

– ¿Y cómo haremos eso? ¿Con magia?

–De hecho… tú nos llevaras –contesta Miguel.

– ¿Pero cómo?… ¡¿Está Loco?!

–No… bueno… tal vez… eso no importa en realidad.

–Pero… yo… no creo… no sé cómo… lo que me pide es… ¡es imposible!

– ¡Claro que es imposible! –le dice en tono severo –. Pero recuerda que este bosque también es imposible… así que yo sería de la humilde opinión de que nos apuremos –la chica lo mira con recelo, como si fuera un animal peligroso, venenoso –. No te será difícil… recuerda, que esta es tu mente después de todo.

–Lo intentare.

–Bien… respira profundo, es muy importante; tienes que escoger un árbol lejano, el que sea, y trata de verlo a detalle, como si tuvieras una lupa o un telescopio… pero usando solamente tus ojos.

La chica fija su vista en un punto y entorna los ojos lo más que puede, para después intentar entornarlos más, sus labios tiemblan por el esfuerzo pero ahora puede ver a detalle el árbol, más claro que antes; como si lo demás hubiera desaparecido en un borroso desenfoque.

– ¡Lo veo! –dice aun concentrada en el punto del mar verde –. Como si estuviera frente a mí, casi siento que puedo tocarlo –menciona mientras extiende la mano a la nada.

El brujo mira al cielo, preocupado en su eterna lucha contra el tiempo.

Bien podría llevarla hasta allá, sería fácil, pero aún no conoce la figura o el rostro de su objetivo, sería insensato gastar energía en eso.

–Muy bien, ahora trata de enfocar una sola hoja, así como paso con todos los demás árboles, trata de apartar todas las hojas, menos una, trata de ver todos los detalles –continua con la clase el brujo.

Alondra respira profundo y trata de enfocar más sus ojos.

Siente que el piso pierde firmeza…

«Vamos»

…ahora sus dedos comienzan a hormiguear…

«Vamos… tu puedes»

… dos alfileres se clavan detrás de sus ojos.

Tenía los parpados tensos, casi cerrados. Fue la sensación de movimiento y velocidad lo que la obligo a abrir los parpados por completo.

Podía ver cada detalle de la hoja, inclusive las pequeñas gotas que la brisa dejaba sobre ella; los ojos comenzaban a llorarle como cuando le entraba champú a la hora del baño.

Sin previo aviso, sintió que el mundo giraba con ella como eje, caía de espaldas sin la esperanza de poder meter las manos.

La detuvo la mano del señor Miguel.

Al momento del tacto todos los huesos del brujo se astillaron en una explosión de dolor que casi no sintió. Ya estaba acostumbrado.

– ¡Muy bien! –felicita a la chica –. Solo te falto un paso más; cuando sientas esa sensación de movimiento, cierra los ojos y al abrirlos estaremos en el lugar –le dice rápidamente – ¡Así de fácil!

Truena los dedos.

– ¡Si, claro!… muy fácil –le responde Alondra con la boca seca y el estómago revuelto.

–Ok… hagamos esto rápido y certero como arrancando un “chivisio” –apresura el brujo ansioso –. Respira profundo y concéntrate en el árbol más cercano a la mancha –le indica casi en una orden.

– ¡Como usted mande! –contesta sarcástica la chica que apenas había recuperado su aliento, lo mira con pesar; su piel era pálida, casi transparente y de la nada aparecieron unas bolsas negras bajo los ojos –. ¡Hagamos esto! –suelta mientras presiona sus ojos con los dedos.

– ¿Lista?

–Lista…

–Perfecto… avísame antes del movimiento.

–Entendido… –contesta antes de empezar a respirar profundo.

El señor Miguel también respira profundo canalizando sus fuerzas, preparándose para la batalla (porque sabe que encontrara resistencia, siempre hay una pelea)

– ¡Ya, ya, ya! –dice Alondra de repente.

El brujo pone una mano sobre su hombro.

La chica cierra los ojos con fuerza.

Un hilo invisible atado a su ombligo la jala bruscamente; dan una… dos… cien vueltas entorno al delgado diámetro. Toda la materia se vuelve liquida, los colores se mezclan en un manchón difuso.

Pasa un instante eterno.

El impulso irrefrenable por abrir los ojos la trae de nuevo a la realidad onírica en la que se encontraba; primero se dibujan las siluetas y luego, en delgadas gotas, los colores regresan a su sitio y matiz. La tierra recupera su firmeza y ella, y el brujo, vuelven a ser lo que eran.

– ¡Muy bien!… muy bien –comienza el señor Miguel volteando a todas direcciones, tratando de ubicarse –. ¡Bastante cerca! –exclama cuando ve a unos metros la extensión de campo muerto –. No pensé que llegaríamos tan cerca en el primer intento, de verdad es… –se detiene al ver a Alondra tambaleándose sobre sus piernas a punto de caer por el mareo –. ¿Estás bien? –pregunta inútilmente.

La chica mueve la cabeza positivamente y después de un lado al otro en una negación muda. Su pálido rostro ahora tenía un tono verde, enfermizo; desde la boca de su estómago, arcadas silenciosas convulsionaban su pecho. No resistió más. Corre con las mejillas infladas al árbol más cercano y vomita una fuente de colores y acido.

– ¿Estas bien? –repite el brujo cuando termino.

–Si… –contesta aun inclinada, esperando una réplica.

–Es normal, a todos les pasa la primera vez; con el tiempo te acostumbraras –comenta.

– ¿A todos?… exactamente ¿Cuántas veces has hecho esto? –pregunta mientras se incorpora cuidadosamente.

–Más de las que quisiera recordar y menos de las necesarias –contesta el brujo apartando la mirada y comenzando a caminar.

La chica intenta dar un paso tembloroso que merma su equilibrio. Se precipita de bruces, pero sus reflejos débilmente recuperados reaccionan frenando la caída con una mano sobre el tronco más cercano. El malestar fugaz abandona su cuerpo gradualmente; una vez que sus sentidos se estabilizaron, notó que debajo de su palma no sentía la corteza del árbol y de algún lugar le llegaba un leve “clap-clap”; miro a su alrededor y no se dio cuenta que ya no estaba en el bosque sino hasta que vio al frente la televisión encendida y al genio azul cantando “un amigo fiel”. Respira profundo y su nariz reconoce el aroma del café y el chocolate, voltea una vez más a su alrededor para confirmar que se encontraba en la sala de su casa; en su mano sostiene una taza de chocolate de leche, sus padres (uno a cada lado de ella) tienen una taza de capuchino “de bolsita”. Afuera, las gotas de lluvia se estrellan en el cristal con su suicida “clap-clap”.

Hace tiempo que los tres no disfrutaban así una tarde de lluvia: bebidas calientes, una película y una cobija en el sillón; de hecho, no podía recordar la última vez que había visto “Aladin”, tal vez tendría ocho o diez años esa tarde.

De pronto, como movida por un deseo ajeno, retiró la vista de su edredón de princesas y volteo a la figura que estaba parada al lado de la ventana.

Era ella, solamente que mas grande o mejor dicho, desde junto a la ventana podía ver a su versión más joven.

¿O acaso podía ver a las dos ella misma? Todo era muy confuso, desquiciante.

– ¡Pero qué demonios! –exclama y da un paso para atrás.

En un instante regresa al bosque tan rápido que no se da cuenta como desaparece la imagen de aquella tarde lluviosa.

– ¿Qué sucede ahora? –pregunta el señor Miguel a unos cuantos pasos de distancia.

–Es que yo… me recargue en un árbol y luego ya no estaba aquí –el brujo la ve con extrañeza –. Fue como si viajara en el tiempo, tenía ocho años (tal vez diez) y-y me podía ver a mi allí pero también estaba aquí y-y podía ver a las dos yo… ósea yo me veía y la veía y, me veía a mí, a las dos…

Miguel la observa detenidamente en un silencio incómodo.

– ¡Oh mierda! ¡Estoy loca! eso lo explica todo –suelta realmente consternada –. Seguramente despertare amarrada a una cama de algún manicomio; ¡Claro! Todo tiene sentido ahora, todo esto fue un invento de mi mente… hasta tu eres producto de mi demencia, tal vez eres el doctor de guardia o un enfermero… y-y tal vez eres como un “amigo imaginario”.

El brujo suelta una carcajada.

– ¡Eso es nuevo! nunca me habían acusado de no existir –dice divertido olvidando un poco la prisa que le embargaba desde el inicio del trabajo –. No te lo tomes a mal niña ni te ofendas, pero no creo que seas capaz de crear todo esto tu sola; no en este momento, más adelante… quizás –continua mientras la chica recupera la calma.

–Entonces… ¿Qué fue todo eso?

–Entraste a un recuerdo –dice con normalidad como si la frase por si sola lo explicara todo –. Cada uno de estos árboles representa algo dentro de tu mente: recuerdos, pensamientos, ideas, etcétera –explica –, por eso hay diferentes tipos de árboles, cada uno de ellos es un punto dentro de tu cabeza, unos más grandes que otros.

–Entonces lo que vi ¿Realmente pasó?

–Esta es tu mente Alondra, todo esto eres tú.

– ¿Y mi cabeza como sabe que árbol es cada cosa si yo no soy capaz de reconocerlos? Ni siquiera sabía de la existencia de este bosque.

–Bueno, si descubres como tu mente lo sabe, avísame por favor –le dice Miguel mientras echa a andar de nuevo –. Todos han tratado de averiguar eso desde que somos conscientes de que pensamos –Alondra, con paso lento y cuidadoso lo sigue –. Entrar aquí, caminar entre todas las partes que conforman tu mente y personalidad, es lo que buscan gurús, sacerdotes y guías espirituales; se pueden tardar toda una vida intentando entrar a este lugar sin estar cerca si quiera y pueden pasar otra vida entera tratando de encontrar una aguja en este pajar, sin entender la mitad de un tercio, de un cuarto de quinto de… bueno, creo que me entiendes.

– ¿Y cuánto de esto sabes tú? –pregunta la chica sagazmente.

–Créeme no me interesa mucho conocer cómo funciona mi mente, además, mi bosque debe estar embrujado… como un bosque oscuro o algo así –siguieron caminando hasta que la muralla de árboles se terminó y entraron al paramo muerto que se veía a la distancia como una gran mancha, solo que esta mancha no era de algún incendio –. ¡Genial! –Exclama con amargura –No hay bicho –continua mientras se pone en cuclillas para examinar la hierba negra.

Lo que antes era pasto ahora estaba muerto y marchito en un inusual negro, los arboles solo habían dejado pedazos de troncos y raíces expuestas en sus sepulcros, no había ramas ni hojas podridas alrededor; la tierra tenía un color gris como lodo contaminado y se percibía un olor fuerte y desagradable, como cuando las frutas se avinagran. Aquí y allá brotaban de la tierra montoncitos de arena que pertenecían a otro ecosistema.

– ¡Ni se te ocurra tocar eso! –le advierte a la chica que estaba por tocar la arena, mientras el brujo mira al cielo –. Tenemos que hacer esto más rápido, cubrir más terreno.

–Pensé que lo encontraríamos aquí ¿Qué haremos?

–Bueno… creo que esta cosa no actúa siguiendo órdenes, es más como por instinto… totalmente aleatorio –dice pensativo.

– ¿Cómo encontraremos esa aguja en este pajar? –pregunta la chica. Tratando de imaginar un insecto del tamaño necesario para crear la gran mancha que ahora pisaba.

–Necesitaremos más ojos –dice el brujo clavando su bastón en la tierra.

4.- Ocho Conejos (inicia la cacería)

El aire se volvió más pesado de repente y alrededor de los pies del brujo empezaba a salir humo; la atmosfera se llenó del aroma particular de la ruda y el copal, un ligero temblor sacudió las copas de los árboles.

La chica notó que el contorno y el color del ambiente empezaban a perder nitidez. Los pies del brujo resplandecieron con un halo brillante y brotaron de la luz ocho pequeñas volutas de fuego blanco que rebotaron a unos dos metros de él, para después girar a su alrededor.

El brujo se agacho con la rodilla izquierda en el suelo y las manos sobre su pierna derecha, respira profundo unas cuantas veces y las esferas se detienen en ocho puntos como si fueran marcas en un reloj. Toma su bastón y lo choca contra la tierra negra, de inmediato, el fuego blanco se transforma en pequeños conejos que se pierden saltando entre los árboles.

– ¡¿Qué demonios eran esas cosas?! –pregunta Alondra.

–Son conejos… ¿No es obvio? –contesta el brujo con naturalidad.

La chica nota gotas de sudor en la frente del señor Miguel, se ve más cansado que antes, incluso pareciera que la barba de dos días le había crecido un poco; las arrugas que apenas parecían finas líneas sobre la tez del brujo cuando atravesó la puerta de su casa, ahora eran surcos marcados.

– ¿Y ahora qué hacemos? –pregunta.

–Bueno… ahora solo queda esperar un momento –contesta el brujo.

– ¿Pensé que no teníamos mucho tiempo?

–No lo tenemos, pero a veces aun estando en la cuenta regresiva es necesario esperar unos momentos.

– ¿Y cómo sabremos a dónde ir?

El señor Miguel levanto un dedo índice pidiendo silencio.

La chica se imagina a los ocho conejos saltando entre los arboles por todo el bosque, por toda su mente.

Le dio un escalofrió.

En algún lugar de su mente nació otro árbol.

La chica pensaba que si alguna de las saltarinas criaturas de luz chocara contra un árbol, seguramente obtendría conocimientos ocultos.

Otro árbol creció dentro del bosque.

Se preguntaba si podría aprender ese truco también y sacar conejos de sus calcetines como lo había hecho el brujo, aunque a ella le gustaban más los perros.

Un árbol más dentro de su mente.

Una sensación extraña recorrió la espalda de Alondra en el mismo instante en el que un resplandor salía disparado hacia el cielo, como una bengala a mitad del mar.

– ¡Eso es, ahí! –dijo el brujo apuntando hacia donde había salido el destello.

– ¿Qué paso? ¿Qué fue eso?

–Algo ataco a un conejo…

– ¿El parasito? –pregunto la chica.

El brujo sonrió con un leve asentimiento.

– ¿Crees poder hacer otro viaje? –le pregunta a la chica.

–Siempre y cuando sea el último –contesta.

Alondra comienza a respirar profundo concentrada en un árbol cercano al destello, el brujo pone la mano sobre su hombro, esta vez no hacen falta instrucciones o avisos. Después de uno o dos minutos, el mismo hilo invisible, que con un tirón los había llevado hasta ahí, nuevamente los transportaba a través de la extensión de la mente de la chica hasta su nuevo destino.

Alondra con un leve mareo y nauseas se encontraba parada al lado del brujo. No había monstruo, ni conejo, solo un pequeño círculo de hierba aplastada; la chica adivino que había sido ahí donde atacaron a la criatura de luz, aunque tampoco había huellas o señales de batalla.

El brujo otra vez con una rodilla en la tierra examinaba la circunferencia con el ceño fruncido. Alondra voltea hacia todas direcciones tratando de encontrar algún indicio del parasito, no había rastro alguno.

 « ¿Hasta cuándo jugarían al escondite con esa cosa?» pensó la chica con rabia, deseando que existiera una forma de localizar a esa cosa, algún truco como el de la tele-transportación pero que pudiera encontrar al parasito.

Estaba enojada, ella no tenía la culpa de estar infectada y no quería hacer que sus padres se sintieran mal, mucho menos que su casa cayera en la desesperación. No podía hacer nada, ella no había hecho nada que mereciera esta maldición.

« ¿Dónde estás bicho asqueroso?» porque estaba segura que un parasito devora mentes seria repulsivo y asqueroso.

Apretó sus puños y sin pensarlo comenzó a respirar en cortas inhalaciones, como olfateando algo, un gesto muy parecido a lo que su madre hacia cuando no podía quitarse el aroma de humedad en las fosas nasales.

– ¿Cuánto más…? –comenzó la chica en el momento justo en el que otro destello salió disparado al cielo no muy lejos de donde estaban ellos –. ¡Mira! ¡Otro conejo! ¡Ahí, ahí! –termino y luego todo paso muy rápido.

Un gruñido animal se escuchó desde los árboles.

Algo golpeo al brujo.

La chica ahogo un grito con sus manos.

El brujo había salido disparado dos metros de donde estaba.

La chica dio varios pasos hacia atrás hasta que se dio un sentón.

Una criatura había atacado al brujo, una criatura que Alondra no había visto ni en los aburridos documentales de National Geographic que ponía en las madrugadas mientras hacía la tarea.

Era un lobo… un coyote… un perro… era un canino sin duda alguna, patas, garras y hocico; pero en el lomo, en vez de pelo, había una dura coraza de armadillo que cubría hasta su cola. El pelaje de las patas y el hocico era de un verde limón por arriba y de un azul rey por abajo, pequeños círculos y franjas en zigzag recorrían su piel en tonos morados y amarillos; la coraza era de un café capuchino salpicada por millones de puntos rosas, tenía dibujados soles de color café en cada una de las placas yuxtapuestas; cuando la luz rebotaba en su existencia, líneas y puntos parecen danzar y brillar intermitentes.

La chica se negaba a pensar que eso fuera el parasito que causaba sus males.

El ser, aunque imponente, era acendrado en su quimérica naturaleza; sus dientes eran de un blanco pulcro que cegaban bajo la luz del sol.

El brujo, sobre la tierra, forcejeaba contra aquel depredador, sus manos detenían las fauces de perro mientras sus patas le presionaban el pecho, la epifanía de la existencia de la criatura había tomado al brujo con la guardia baja.

« ¿Cómo es que había llegado ahí un guardián?» pensó en el instante del impacto.

El brujo logro concentrar la energía suficiente para lanzar con una llamarada blanca a la criatura, que en el aire se convirtió en una esfera que cayo y rodo por la hierba.

– ¡¿Qué es esa cosa?! –pregunta la chica.

–Es un guardián –contesta el Señor Miguel.

– ¿Eso no es el parasito?

–Claro que no…

– ¿Cómo que un guardián? –pregunta alondra mientras la criatura sale de su coraza y se agazapa en una postura agresiva.

El brujo también adopta una figura de lucha esperando el primer movimiento, aprieta su bastón en la diestra listo para asestar el golpe.

La chica guardo silencio y tomo su distancia.

La criatura mostro los dientes y con un ladrido místico se lanzó contra el Señor Miguel, el brujo corrió al encuentro golpeando con su bastón, ambos giraban evitando los golpes del otro; el báculo cortaba el aire con un silbido, garras y hocico terminaban la sinfonía de la lucha mientras la bestia y el brujo toman su distancia para planear el siguiente ataque.

El ser inimaginable, convertido en una esfera, golpea a su presa arrojándola nuevamente al suelo para después aterrizar en cuatro patas.

El hombre sobre la hierba espera el siguiente embiste, el guardián con un gruñido se abalanza en un salto; estaba atrapado, dos segundos eternos que tenían un único desenlace.

Alondra ahoga otro grito ante la escena.

«Mierda»

Pensó aquel que debía tener todo bajo control y antes de que la gravedad terminara su trabajo y el depredador diera el golpe final, una llamarada envolvió su cuerpo y con un destello su carne y huesos dejaron de ser los de un hombre.

Un conejo salió corriendo de entre las patas de la criatura multicolor.

El guardián siguió al conejo intentando atraparlo entre sus fauces, jugando a la caza, colmillos y saltos, fuego que no quema y abstracta forma de vida, ilógica y onírica batalla que era impensable e improbable.

La chica perdió noción de la realidad, este absurdo había ido demasiado lejos. Parásitos hambrientos de energía vital, alebrijes quiméricos caminando por el bosque de su mente y brujos que no sacan conejos del sombrero sino que se transforman en conejos.

Ella solo quería despertar.

Recuperar su cordura.

Volteo hacia el cielo, el Sol ya caía del medio día hacia el ocaso, serían las tres o cuatro de la tarde; si lo que el señor Miguel dijo era cierto, no tenían mucho tiempo y ni siquiera habían visto al dichoso parasito.

Al centro del claro que se había convertido en el coliseo de aquella fauna mágica, el conejo saltaba alrededor del guardián tratando de confundirlo; aquel ser se volvía una esfera y atacaba cada que adivinaba a donde se movería el conejo sin poder rozarlo si quiera, el brujo, en su forma animal era veloz y se movía en patrones aleatorios esperando el momento indicado para atacar.

La coraza al impactar en la tierra dejaba un pequeño cráter, el golpe era fuerte y doloroso, el hombre dentro del conejo recordaba en sus costillas eso, sus garras y dientes eran peligrosos, la fiereza de cada zarpazo y mordida era mortal y sanguinaria, cada placa de su cuerpo era un escudo impenetrable y el señor Miguel no intentaría usar la técnica que podía atravesar su defensa (era muy peligroso); su única salida era desafiar el punto más fuerte de su adversario; cada que se lanzaba en esa forma de “pelota” y regresaba a su figura canina pasaba unas fracciones de segundo desprevenido, el conejo en su instinto de supervivencia noto este pequeño detalle.

La presa cazó al depredador y cuando este se lanzó protegido en su coraza, el conejo, en dos saltos tan rápidos que parecieron uno mismo, se colocó en su punto ciego y con la energía de una transformación inversa ataco el costado del ser lanzándolo por los aires.

Alondra sintió un vuelco en el corazón, una sensación fría en la boca de su estómago.

El guardián había sido herido, cuando se incorporó solo pudo apoyar tres de sus patas, la otra la tenía suspendida en el aire y contraída, lastimada; pero aun así mostraba los dientes y no tenía intención de detenerse.

El brujo, ahora en su forma humana preparaba su último ataque, no quería matar a un guardián, pero tenía que dejarlo fuera de la batalla y tenía que hacerlo rápido, no tenía mucho tiempo y tampoco mucha energía, este maldito circo empezaba a crisparle los nervios, empezaba a pensar que no valdría la pena cualquier pago por esto.

Más luz y fuego envolvieron al señor Miguel, el guardián gruñía de furia mientras se preparaba para un ataque kamikaze.

Enfrente de ella, criatura y brujo estaban a punto enfrentarse en lo que podía ser el último choque.

No podía permitir eso.

No quería permitir eso.

Cerró los ojos y respiro profundo, apretó los dientes y los puños, trato de sentir la tierra bajo sus pies, trato de dibujar en sus parpados todo lo que estaba enfrente de ella, trato de dibujar todo el bosque como lo había visto la primera vez, interminablemente verde.

De pronto lo supo.

Abrió los ojos en el momento justo en el que presa y depredador se disponían a saltar…

– ¡Ya basta! –grito la chica y corrió para interponerse entre los dos.

El hombre y la criatura frenaron sus movimientos, los dos sintieron una punzada en la cabeza que los detuvo de golpe.

Alondra tenía la vista fija en los ojos del guardián, desde donde estaba resguardada no podía apreciarlos bien, parecían hechos de obsidiana y dentro de la vítrea oscuridad había galaxias y estrellas atrapadas.

El ser, al ver los ojos de la chica cambio la postura agresiva y agacho el hocico hacia la hierba en una clase de reverencia.

–Calma… tranquilo… –susurraba la chica y su voz parecía apagar la fiereza de la criatura.

Dio dos pasos más y extendió su mano, el guardián se acercó otro tanto cojeando, la pata lastimada aún estaba suspendida.

–Tranquilo… –repitió y justo antes de poder tocarlo, tuvo una sensación como de mareo y presentimiento, sensación que tiempo después recordaría al estar borracha.

–Lo siento… no tenemos tiempo… –dijo el brujo por lo bajo y antes de que la chica o el guardián pudieran reaccionar, apoyado de su bastón, lanzó un pequeño proyectil con punta de espina a la pata retraída.

Si hubiera lanzado la espina antes, el ser habría usado sus cualidades dasipódidas para protegerse.

No hubo dolor.

Lentamente los parpados del guardián fueron cediendo y sus músculos perdieron fuerza; cayó sobre la hierba no sin antes gruñirle al brujo en una gutural promesa de venganza.

– ¿Por qué hiciste eso? –le reprocha Alondra con dolor y pesar.

–Era la única opción… no tenemos mucho tiempo.

–Lo mataste… –dice con hilo de voz.

– ¡Claro que no lo mate!… solo esta dormido… aunque no creo que se quede así por mucho tiempo.

–No entiendo… Si era un guardián ¿Por qué nos atacó así?

–No nos atacó… solo me ataco a mí, yo soy un intruso en tu mente, el conejo le advirtió de mi presencia y dedujo que era peligroso para ti, por eso me cazo –explica el brujo, tratando de recuperar el aliento.

–Entonces ¿Por qué no caza al parasito?

–Esta es tu mente, para que algo este aquí necesita de tu permiso, necesita de tu conocimiento y energía; hay estímulos que pueden despertar muchas cosas dentro de tu mente, la gran pregunta es… ¿Qué hiciste para llamar al guardián?

–Yo… ¿no se?… simplemente pensaba en atrapar a esa cosa… deseaba algo que lo pudiera encontrar y destruir.

El señor miguel miraba fijamente los ojos de la chica, sin poder creer la naturalidad de su esencia, tal vez este era el presentimiento que tenía; era bueno saber que aun  apagada la llama del misticismo de aquella época de penachos grandes, aún quedaban brazas incandescentes que podrían provocar un incendio en cualquier momento.

–Interesante… –dice el señor Miguel mientras el sol se acercaba cada vez más al poniente –. Tenemos que movernos –continua y se acerca a la chica.

–Está bien… –dice Alondra en un susurro mientras cierra los ojos y comienza a respirar profundo.

–No hay tiempo –dice el brujo rompiendo su concentración –. Esta vez yo conduzco –termina dándole la espalda a la chica que pone una mano en su hombro –. ¿Dónde viste el destello? –pregunta y la chica apunta a las “dos”.

El señor Miguel posa su vista en el punto, respira profundo y al sacar el aire, un violento tirón los transporta hasta el lugar.

5.- El coliseo onírico (cómo matar a un parasito)

Fue un parpadeo, rápido y brusco, completamente diferente a como la chica se había transportado; no se dio cuenta de la distancia hasta que sus sentidos vieron otro paisaje, el malestar tardo en llegar como si su espíritu se hubiera adelantado a su cuerpo.

– ¡Aquí estas maldito! –escucho decir al brujo con cierta satisfacción y triunfo.

La chica trato de entornar la vista, pero fueron sus oídos lo que captaron el primer indicio de lo que ocurría, un sonido de trituración y burbujeo llenaba el lugar; enfrente de ella a unos metros veía una mancha negra, como una bolsa de basura llena que latía y se retorcía; con su vista confundida no podía definir la forma, si eso era el parasito entonces debería ser como una larva, un gusano o algo así.

Cuando sus sentidos se afinaron, pudo ver mejor la criatura.

Tenía brazos y estaba en cuclillas, solo podía ver parte de su figura, su piel estaba cubierta por un pelaje espeso que a esa distancia parecían tiras rectangulares de tela; parecía arrancar pedazos de hierba y suelo para después llevárselos, a donde la chica pensó que debería estar su boca, a su alrededor se expandía una mancha oscura que enfermaba a las plantas y árboles.

«Se comió al conejo y esa hierba es el postre» pensó la chica mientras un escalofrió recorría su columna vertebral.

–Quédate atrás de mí y si algo sale mal… quiero que corras hacia donde está el guardián –dice el señor Miguel en tono serio, gira el bastón un par de veces para empuñarlo como un arma.

La chica puede escuchar una única nota sostenida que inunda el aire; el brujo se acerca despacio y en silencio.

El parasito detiene sus movimientos, parecía no haber notado su presencia hasta que estuvo lo suficientemente cerca; deja de arrancar hierba y con un desarticulado movimiento gira la cabeza hacia donde estaba la chica.

Su rostro estaba cubierto por una máscara ovalada de madera, tenía motivos tribales, líneas y círculos, los ojos eran un par de espirales angulosos y la boca dibujada lucia abierta y con dientes afilados, tenía la lengua de fuera, agresiva; verla le recordaba los documentales que hablaban de África.

La textura del ser era diferente a los árboles y a ella misma, parecía estar hecho de millones de puntos negros que se movían, como arena que parecía no ser solida por completo, las líneas de su máscara a veces eran moradas oscuras y otras daban un fulgor blanco.

No pertenecía a ese lugar.

Al ver a la chica se puso en píe y la máscara dio un giro de 180 grados en contra de las manecillas del reloj, la boca quedo en donde estaba la frente y la lengua triangular apuntaba ahora hacia el cielo; media casi dos metros y al final de sus brazos tenia únicamente tres garras, era una sombra oscura de presagio y enfermedad.

Camino como lo hacía la momia en esa antigua película a blanco y negro, el señor Miguel se puso en guardia levantando el bastón pero el parasito paso a su lado sin tomarle importancia, parecía atraído por la chica, como hipnotizado; el brujo amago un golpe pero el ser solo siguió caminando.

– ¿A dónde crees que vas? –dijo el brujo mientras detenía por la espalda al ser.

Lo abrazo con el bastón presionado sobre el pecho, una vez más el resplandor de llamas blancas cubrió la piel del señor Miguel, dio un paso hacia atrás y con un movimiento digno de la lucha libre, arrojó al parasito que cayó sobre la mancha negra que había formado.

La extraña cosa se levantó, giro la máscara hacia el brujo, dio dos pasos lentos hacia él y de pronto, como una araña sobre un insecto, se lanzó corriendo a una velocidad que parecía imposible para el ser.

El brujo apenas tuvo tiempo de interponer el bastón contra las garras del monstruo, el impacto hizo que los dos terminaran forcejeando en el suelo.

«Ese maldito monstruo lo va a matar» pensó Alondra.

Mientras sometía a su contrincante en el suelo, el parasito movió la cabeza en dirección a la chica, parecía que podía escuchar sus pensamientos.

El brujo volvió a ser un conejo y se liberó del ataque.

El monstruo al no sentir a su presa volvió a emprender la marcha de momia contra la chica; el señor Miguel, ahora como hombre reapareció enfrente del parasito y golpeo con su bastón para después empujar con el hombro a la criatura que volvió a caer al piso.

–Aléjate más… ¡esa cosa quiere devorarte! –le dice entre jadeos.

La chica obedece y retrocede hasta estar resguardada detrás de un pirul.

Antes de que el monstruo pudiera levantarse, el señor Miguel lo sujeta del pelaje y lo levanta para después, a puño limpio, darle un golpe luminoso que lo arroja a unos cuantos metros.

Tenía que acabar rápido con esto, atravesaría a la bestia con su bastón, como un entomólogo clava insectos con un alfiler. Gira nuevamente su cayado y en la punta se queda un brillo como si fuera una brasa incandescente; se prepara para impulsarse con el bastón como una lanza, esperando a que la criatura se levante.

El monstruo de la máscara se incorpora lentamente y cuando expone el pecho, impulsado por sus piernas, el brujo se lanza a una velocidad imposible; llego hasta el en un parpadeo, se detiene a medio metro del ser y lanza la estocada de su bastón.

La criatura, con un solo movimiento y sin esfuerzo, esquiva el ataque dejando a su oponente totalmente descubierto.

A pesar de la sorpresa, el señor Miguel se agacho evitando el zarpazo del monstruo; dio un salto hacia atrás para tomar distancia del parasito, de la punta del cayado salía un delgado hilo de humo blanco.

La criatura lo siguió dejando caer sus garras de tres uñas afiladas sin dar tregua o descanso, su contrincante esquivaba cada uno de los golpes dando pasos hacia atrás, el parasito atacaba en todas direcciones, incluso dando golpes de revés con un medio giro; el hombre busco un punto muerto entre todos los golpes de la bestia, había entrenado toda la vida para leer y enfrentar a cualquier adversario.

Entre dos golpes, giro el báculo y en toda la extensión de la madera, pequeñas navajas de brasas blancas aparecieron; continuó escapando de la bestia que parecía no perder fuerza en sus ataques. Luego de un revés golpeó cortando a la criatura que emitió un chillido agudo.

El parasito dio dos pasos hacia atrás. A pesar de que el golpe había sido limpio, no parecía estar herido.

Después de un instante, el monstruo vuelve a arremeter contra el señor Miguel, esta vez los ataques eran estratégicos, mantenían la fuerza y brutalidad de antes, pero ahora tenía cuidado de los golpes que el brujo había comenzado a repartir.

Garras y bastón golpeaban y chocaban, los ataques de uno y otro salían en todas direcciones; el monstruo y el hombre bailaban en una danza macabra de violencia y salvajismo.

La ropa del brujo ya tenía jirones manchados de sangre, se notaba cansado, enfermo. El monstruo con su máscara inexpresiva parecía no cansarse, era solamente cuestión de tiempo; en algún momento, el hombre pecaría de imperfecta humanidad y cometería un error que le costaría la batalla… y la vida.

Las pequeñas navajas blancas comenzaban a perder solidez y la criatura de la máscara comenzaba lanzar ataques más rápidos y certeros.

Alondra pensó con terror que por fin la balanza se había inclinado a favor del parasito devora mentes.

«Si esa cosa se alimentaba de energía…»

El brujo atacaba cada vez menos, usaba todo su ímpetu para detener las garras del monstruo que se acercaban peligrosamente a su carne.

«Tal vez se estaba alimentando del brujo…»

El parasito, con su textura distorsionada parecía ser más grande y con cada golpe hacía retroceder al brujo hasta que termino cayendo de espaldas.

El corazón de la chica palpitaba con miedo al ver que su última esperanza estaba sobre la tierra y el parasito prepara el golpe de gracia, sabía que tenía que correr, hacer lo que el señor Miguel le había dicho si es que algo salía mal, pero sus piernas no respondían. No quería ver morir a quien le había enseñado tanto en tan poco tiempo, pero como en una película de terror, no podía apartar la mirada.

Al momento de la destellada, un fulgor más transformo en conejo al brujo, pero cuando el pequeño animalillo saltaba para escapar, una garra de tres uñas lo capturo en el aire.

El mismo truco no iba a funcionar dos veces.

El monstruo impacto a su víctima contra el suelo y después lo lanzó como si fuera un trapo viejo.

Mientras giraba sobre la tierra se transformaba de nuevo en hombre, cuando freno el movimiento, el parasito ya estaba al lado de él.

Dirigió uno de sus pies ocultos por el pelaje hacia la pierna derecha del brujo en una pisada que seguro convertiría en polvo sus huesos.

Escapo por poco girando sobre si y se puso de pie.

Estaba furioso.

A la criatura eso parecía no importarle, siguió atacando haciéndolo retroceder.

La situación pintaba mal.

Se le agotaban las opciones.

Hace mucho tiempo que no se encontraba en un predicamento como este, había subestimado a quien fuera que haya conjurado a ese bicho. Por lo regular, este tipo de embrujos son simples, el operador que había hecho esto, tomo su tiempo e hizo su tarea.

Al Colibrí o al Venado le hubiera emocionado la situación, para el esto era una molestia innecesaria.

Tomo toda la distancia que pudo del ser, tenía que acabar esto ya, el sol seguía bajando y el cielo azul empezaba a tener un tono plomizo.

La bestia enmascarada corrió hacia él, también con la intención de terminar ese encuentro, en cuanto el brujo estuviera muerto, lo devoraría rápidamente y después engulliría a la chica hasta la última chispa.

El brujo espero a la criatura, esquivo las garras y después, a propósito se dejó atrapar.

El monstruo lo tenía entre los brazos y apretaba cada vez más, mientras levantaba a su presa.

Alondra sintió que se desmayaba, todo había terminado, el brujo no tenía escapatoria.

Dio un paso tembloroso hacia atrás, tenía que regresar con el guardián, era la única oportunidad de sobrevivir, correría como loca mientras el parasito devoraba al brujo.

Se dio la vuelta lentamente, mientras el monstruo acercaba cada vez más al brujo a donde debería tener su boca.

La chica escucho un estallido a su espalda, no era el sonido de trituración y burbujeo que esperaba.

Detuvo su movimiento y giro para ver que sucedía.

El fuego blanco que parecía no quemar formaba una esfera alrededor del señor Miguel, obligando a la bestia a soltarlo y dejar su pecho expuesto.

Con el bastón golpeo el estómago de la criatura que se dobló por el impacto, el segundo golpe del bastón choco contra la máscara.

El ser lanzo dos rápidos zarpazos.

El brujo en su burbuja de energía se movió para evitar el ataque y colocarse a un costado.

El báculo golpeo detrás de las rodillas provoco que la pesadilla se hincará; sujeto la nuca y golpeo la máscara del parasito contra el piso hasta que escucho un crujido.

El señor miguel de nuevo se movió al frente del ser.

La criatura con un chillido agudo de dolor ataco con fuerza y coraje.

La esfera blanca de fuego se mantenía lejos de las garras atrayéndolo hacia el árbol más cercano y cuando estuvo a una distancia conveniente, se movió sin la burbuja a espaldas de la criatura.

El brujo giro el bastón y con una estocada atravesó en medio de los omoplatos del parasito. La estocada atravesó a la bestia hasta que la mano del brujo toco su pelaje, después de eso siguió empujando y clavo el bastón en el árbol dejando al monstruo retorciéndose y chillando hasta que su cuerpo se “desguanzó” como las mariposas que clavan con un alfiler.

El instante en el que el báculo atravesó el tronco, un clavo a martillazos reventó la mente de la chica por la nuca; cayó sobre sus rodillas con las manos presionando sus sienes. Cuando alzó la vista pudo ver como el parasito terminaba de retorcerse hasta que sus brazos y piernas dejaron de moverse, se levantó al ver esto olvidando un poco el dolor.

– ¿Se acabó…? –comienza la chica mientras se acerca –. ¿De verdad se acabó? ¿Es-es-está muerto? –dice al lado del brujo, esperando una confirmación de lo obvio.

–Costó… pero está hecho… –dice el señor Miguel con la piel gris, casi transparente.

Pequeños fragmentos, como arenisca, se desprendían del monstruo.

– ¡Por fin! –exclama.

Un nudo se desato de su estómago.

El brujo exhalo con tranquilidad, el cielo comenzaba a teñirse de rojo y tonos morados.

Alondra sonrió tímidamente, la tranquilidad comenzaba a desplazar a las demás emociones; esta nueva calma también comenzaba a develar cansancio y dolencias propias de la aventura que terminaba.

–Estoy muerto… me duelen hasta las uñas…

– ¿Enserio?… a mí me reventaste la cabeza cuando clavaste al bicho –dice con una risita nerviosa mientras comienzan a caminar dándole la espalda al cadáver del ser.

Dieron un par de pasos más sin dirigirse a un lugar en específico.

La tranquilidad duro solo eso.

6.- En el corazón (la raíz del mal)

Atrás de ellos, los huesos del monstruo se rompieron con un chasquido que provoco eco.

Los dos voltearon esperando ver al parasito partiéndose en partes

La cansada sonrisa que tenían se borró en un instante.

El monstruo no se estaba deshaciendo, movía con convulsiones sus brazos y piernas.

Estaba vivo.

Los codos y rodillas giraron haciendo que la espalda se convirtiera en el pecho.

Alondra, con un rictus de terror, voltea a ver al brujo.

– ¡Corre!… ¡Cúbrete! –le dice a la chica que sin dudar corre para cubrirse detrás de un árbol.

El parasito gira la cabeza como la niña del exorcista y da dos pasos haciendo que el bastón clavado en el tronco atravesara su carne.

Una vez liberado no perdió instante al atacar a quien pensaba, lo había derrotado.

La chica solo escuchaba golpes, maldiciones y gruñidos a su espalda.

El brujo, sin su arma, golpeaba con puños desnudos el cuerpo y la máscara mientras esquivaba las garras.

Un pedazo de madera salió volando descubriendo la boca podrida sin lengua de la criatura. Dientes como navajas de afeitar en tres líneas dentro de la boca se mostraban agresivos.

Los golpes del parasito fueron más fuertes y rápidos.

Cuando Alondra estuvo a salvo detrás de un árbol y giro, pudo ver el momento justo en el que una garra del monstruo impactaba contra el brujo que, seguido por un hilo de sangre, cayó al instante.

« !Lo va a matar!…»

Piensa la chica ante la escena.

«… ¡Por favor… no!»

EL monstruo se abalanza contra el hombre que detiene el embiste con sus manos.

El brujo no sentía dolor, solo la textura cálida y pegajosa de la sangre en su pecho.

«…Alguien… por favor… alguien…»

La criatura empujaba sus garras que estaban por clavarse en el cuerpo del brujo.

«…No… por favor…»

Alondra empieza a sentir pesadas lágrimas de miedo resbalar de sus ojos.

El brujo solo podía pensar en la energía que había gastado en vano. Si el viejo Murciélago pudiera verlo, seguro se estaría riendo; esta tarea sencilla se le había complicado a tal magnitud.

Ridículo.

Una de las uñas del parasito comenzaba a perforar su piel.

«…Guardián… alguien… no-no…»

El brujo intento resplandecer, pero el fuego que antes lo había envuelto era ahora un débil humo que no podía moldear. De seguir así, tendría que usar el “plan b” y odiaba hacerlo.

El señor Miguel cerró los ojos y dentro de la negrura busco un cristal de obsidiana. Una arma que había creado desde hace mucho tiempo, un arma que, si el resto del consejo de los 14 se enteraran de su existencia seguramente lo volverían a cazar.

«… ¡Ayuda!»

Gritó la mente de Alondra, tan fuerte que, sin que ella se diera cuenta, provoco que la copa de los árboles se mecieran.

Una esfera cruzo a su lado.

El cabello de la chica se movió por la velocidad.

El guardián había escuchado la súplica y ahora chocaba contra el monstruo.

El brujo abrió los ojos cuando sintió que su enemigo desaparecía.

Se puso en pie maltrecho y herido, volteo a ver al guardián que en cuatro patas le gruñía al parasito.

– ¿Qué haces aquí pulgoso?… lo tenia en donde quería –dice con alivio mientras se pone a su lado.

Con la diestra intentaba frenar el sangrado de su herida; en estas condiciones solo podía servir como carnada.

El señor Miguel corrió inmolándose contra el monstruo.

Abrazo por el abdomen al ser que sin perder tiempo enterró sus garras en la espalda del hombre.

El guardián se abalanzo hacia el parasito con fauces abiertas a la yugular de la criatura.

Los tres cayeron al suelo.

El brujo se incorporó aun sujetando al parasito.

El hombre y el guardián jalaron al mismo tiempo partiendo al monstruo en dos, esparciendo sus entrañas negras por el campo.

El perro-armadillo arrastraba la parte superior del cuerpo del parasito que seguía moviendo sus garras intentando alcanzar al guardián.

El brujo al ver esto corrió hacia la otra mitad del ser, se lanzó sujetando uno de sus brazos y jalo en dirección contraria al guardián desprendiendo las extremidades como un niño lo hiciera con un grillo.

Repitieron este proceso en un desfogue de furia y fuerza hasta que hubo partes aquí y allá de la bestia que comenzaban a deshacerse en un líquido negro, como petróleo.

El brujo, caminando lentamente llego hasta donde estaba la máscara de la criatura y con una fuerte pisada la rompió en mil astillas.

Pasaron tres segundos y el guardián giro a gruñirle, aun no terminaba la lucha, tenían una afrenta pendiente que resolverían antes de que el ultimo arrebol del cielo desapareciera.

– ¡Espera!… Tranquilo –grito la chica mientras corría a donde estaban los dos campeones –. Ya terminó todo… se acabó –dice con las palmas extendidas enfrente del perro-armadillo –. ¿Se acabó verdad? ¿Ahora si está muerto? – le pregunta al brujo.

–Si… esta vez… está más que muerto… –contesta el señor Miguel mientras el cielo terminaba de perder su tono mortecino.

La sangre en la piel del brujo se había secado en gotas de color negro que resbalaban por toda su cara y brazos; la ropa tenía agujeros y rasgaduras, sus piernas apenas podían aguantar su peso, necesitaba su bastón.

La chica caminó hacia el árbol donde estaba incrustado el bastón y con un fuerte y rápido movimiento lo saco pensando que tendría un nuevo dolor de cabeza.

No fue así.

El guardián había desistido a su rencor y ahora descansaba recostado sobre la hierba, lamiendo la pata que aún estaba lastimada.

Alondra le tiende el bastón al brujo.

– ¿Cómo podría pagarle esto?…

–No te preocupes por eso… de eso se encargara tu papá –le contesta mientras toma su bastón y recarga su peso en el.

El sol dejaba escapar los últimos rayos.

– ¿Y ahora qué? ¿Regresamos y ya?

–Bueno… tienes que prometerme dos cosas –dijo mientras árboles, hierba y suelo comenzaban a perder forma.

El guardián había descansado su hocico sobre las patas y se disponía a dormir.

–Claro… ¿Qué promesas?

–Primero, si quieres que el pulgoso te acompañe y te cuide, necesitas darle nombre y alimentarlo con cuarzos rosas, promete cuidarlo bien –la chica volteo a ver a la criatura y asintió –. Y la segunda… –hizo una pausa, le dolía respirar con las costillas rotas –. Debes prometerme que nunca olvidaras lo que sucedió aquí…

– ¿Estás loco? ¿Cómo se me puede olvidar algo así? –replico señalando al bosque que la rodeaba y empezaba a perder su color.

–Solo promételo niña… ¿sí? –termino el brujo.

La chica volvió a mover la cabeza de manera positiva.

–Oye… tengo una pregunta –dijo después de un fugaz instante en silencio.

–Dime… –contesto el brujo en su última gota de paciencia, lo único que quería era cobrar y después ir a comer un rico consomé con “el perrero”.

–Tú me dijiste que nada puedes estar aquí – (señala su sien) –sin que yo le dé permiso…

–Así es…

–Pero… ¿cómo le di permiso de entrar al parasito? Recordaría aceptar que ese bicho entrara en mi mente.

– Veras, el parasito es un hechizo con varios… amm… seguros o trampas y uno de ellos es que en realidad no te das cuenta de que estas aceptandolo, pudo haber sido un regalo, una comida, hasta una acción que hiciste accidentalmente, es muy difícil saber… –volteo a ver al cielo que se quedaba sin luz, era ya una noche joven.

–Entonces… eso es todo… aquí… –dijo mientras un fuerte aroma a copal y ruda llenaba el ambiente.

–Una última cosa… –comenzó acercándose más a la chica. El guardián alzo la cabeza interesado en lo que estaba pasando –. Terminamos con el problema, pero hace falta asegurarnos que no regresara –dijo ante la mirada confundida de la  chica.

¿A qué se refería el brujo?

Ella misma había visto como las partes desmembradas del monstruo se disolvían en un líquido espeso y negro.

–Discúlpame… –dijo el brujo mientras ponía su izquierda sobre el hombro de la chica y con la derecha, como si fuera una cuchilla, atravesaba su pecho.

Fue un instante, agacho la mirada y pudo ver como la muñeca del brujo estaba atrapada en su carne y sangre.

No grito, no lloro, no emitió ningún sonido.

El señor Miguel cierra el puño en sus entrañas, en su corazón y después saca bruscamente su mano.

Alondra puede ver en la mano del brujo una especie de raíz negra goteante de sangre.

No era su corazón.

Se desplomo sobre la hierba, sus ojos se cerraban lentamente. Alcanzo a ver como el guardián se abalanzaba contra el brujo.

Los dos seres se perdieron en batalla.

Una vez más sintió como se congelaban sus huesos y músculos.

De pronto, el suelo firme sobre el que estaba se convirtió en humo y una vez más, con el vértigo pegado a la nariz…

Cayó al infinito.

7.- El ultimo nudo (la ambición es la cuerda de muchos)

Julieta y Andrés observaban en silencio a su hija con las palmas extendidas debajo de las del señor Miguel, juntos parecían sostener un foco encendido.

No sabían cuánto tiempo había pasado, parecían horas pero la lógica (y también las varitas de incienso) dejaban en claro que solo eran unos diez o quince minutos.

La madre observaba a su hija sin pestañar, si veía un solo indicio de que algo iba mal con ella, estaba lista para correr y detener cualquier cosa que le estuviera haciendo, aunque no supiera como detener cualquier cosa.

El padre, de brazos cruzados, observaba al brujo tratando de adivinar qué cosa era lo que estaba sucediendo, ¿Cómo estaría operando a su hija sin moverse? los dos parecían estar dormidos, en otro mundo. A su hija le gustaban estas cosas mágicas, siempre estaba leyendo acerca de mitología o alguna aventura fantástica; aun enferma y con los ojos cerrados, se veía entusiasmada por la situación.

Esto era lo más cercano a la magia de esos libros.

El primero en llegar, después de una explosión celular que lo desintegro en polvo, chispas y colores. Fue el brujo.

Abrió los ojos en un movimiento súbito que provoco un pequeño sobresalto en Julieta y rompió la pequeña burbuja de luz blanca entre sus manos.

El malestar tardo medio segundo en llegar; costillas rotas, heridas profundas y sangrantes se quedaron grabadas en la mente, el dolor era intenso y real, las heridas eran solo una imagen mental de la cruzada.

–Necesitamos una cubeta –dijo volteando hacia los padres.

Ninguno de los dos supo cómo reaccionar y después de una serie de parpadeos y traspiés, el padre corrió al baño debajo de las escaleras y saco una cubeta de color azul.

Julieta no perdió detalle de cada uno de los movimientos del brujo, parecía cansado, en su frente aparecieron gotas de sudor, como si tuviera temperatura, sus labios estaban partidos y pudo notar que sus manos temblaban; tragaba saliva constantemente y mantenía las mandíbulas apretadas.

Se levantó de la silla con mucho trabajo y camino hacia el paquete envuelto en papel de estraza que había preparado antes; su cojera había empeorado, todo su peso recaía en su bastón.

Andrés llego con la cubeta y siguiendo el dedo del señor Miguel, la dejo al lado de alondra, su hija seguía congelada en la postura de antes, con los ojos cerrados. Desde alguna parte de su subconsciente la preocupación absurda de que su hija se quedara así, congelada, lo ataco. Era su trabajo preocuparse y le salía bien, era el regulador de las situaciones difíciles, la cabeza fría; pero en este terreno desconocido, no tenía criterio, no sabía cuándo alarmarse y cuando congelar la situación.

El señor Miguel, agachado, desenvolvía del papel un ramillete de ramas secas.

–Cuidado… ya va a despertar… dale la cubeta –dice el brujo cuando la última brasa caía de la última vara de incienso.

Alondra regresa a este plano con un pequeño salto, como si alguien la hubiera despertado con un chorro de agua fría; voltea a ver al brujo y lleva sus manos al pecho tratando de buscar el hueco que le había dejado en aquel bosque.

– ¿Pero qué demo…? –comenzó la chica sin poder terminar.

Unas ganas irrefrenables de vomitar llegaron desde su estómago a su garganta.

– ¡La cubeta!… ¡Rápido! –grita la madre al ver la expresión de su hija.

La chica toma la cubeta y vierte sus nauseas en una fuente de espuma, saliva y flemas verdes.

–Eso es normal –dijo el brujo –. Es bueno que haya sacado eso.

– ¿Qué fue esa cosa que arrancaste de mí? –pregunta Alondra con voz débil y un color enfermizo.

– ¿A qué cosa se refiere?… ¿Qué le arranco a mi hija?… ¡¿Qué le hizo?! –dice la madre enojada.

–Le arranque al parasito… –contesto el señor Miguel.

–Lo hubieras visto ma’… era… era… –se detuvo.

Extrañamente no podía recordar la forma del monstruo.

En su mente podía dibujar cada detalle del ser, pero no podía decirlo, no podía explicarlo, la idea de articular lo que había pasado en el bosque, la existencia misma del bosque; parecía absurdo.

– ¿Viste al parasito hija? –pregunta Andrés tratando de pensar en qué hacer.

–Si… era asqueroso… u-un bicho, como una sanguijuela –miente.

– ¿Estas bien Alondra? –pregunta la madre ante su respuesta, pensaba que estaba drogada o algo por el estilo, tal vez ese incienso era algún alucinógeno.

–Aún falta trabajo por hacer –interrumpe el brujo con el ramillete en una mano y la caja de cerillos en la otra.

Encendió las ramas y soplo para liberar humo; siguió soplando, pronto Julieta y Andrés comenzaron a toser, el humo espeso les lastimaba la garganta; a la chica parecía no molestarle a pesar de que toda la habitación estaba llena de niebla espesa.

Dejo de soplar y de pronto todo el humo se quedó pegado al techo como una gran nube de tormenta en el cielo de la casa.

Los tosidos terminaron.

–No te muevas… –le dijo el brujo a la chica.

Los padres observaban fijamente al brujo otra vez.

Extendió su mano derecha hacia Alondra y un hilo de humo, como una serpiente bajo de la nube y fue directo a ella.

Por alguna razón, la chica cerró los ojos, la serpiente de humo no tenía tacto, pero podía sentir que caminaba por su brazo y se detenía en su muñeca.

–Ahí esta –dijo el señor Miguel.

Alondra abrió los ojos y vio una voluta de humo alrededor de su mano izquierda, justo sobre su pulsera, una tira de cuero negro con pequeños estoperoles circulares de color bronce. Lo primero en lo que pensó fue en tomar la pulsera pero con un ademan el brujo la detuvo.

Los padres, sin saber cómo reaccionar (otra vez), solo observaban al humo hacer suertes irreales, dignas de un espectáculo de televisión o de un mago profesional.

–Así aceptaste al parasito… –dice mientras levanta la mano izquierda y el humo la envuelve quedándose como un guante –. Este fue su boleto de entrada –continua mientras retira la pulsera con cuidado –. Andrés… pásame un frasco vacío en la mochila… –le dice en tono demandante al padre.

Después de dudar por un instante, busca en el macuto revolviendo bolsas y botellas, hasta que encuentra un frasco vacío que aún tenía una etiqueta de mermelada de fresa pegada.

Con cuidado, el señor Miguel deposita la pulsera y pone la tapa; el guante de humo había desaparecido al contacto con la pulsera.

Alondra, sentía un calor que recobraba sus fuerzas, una sensación que reviviría cada  que se tomaba un café después de una buena fiesta.

– ¿Quién te regalo eso? –le pregunta la madre.

–Nadie, yo la compre en un puestecito afuera de la escuela.

– ¿Recuerdas como era el vendedor? –pregunta el padre.

–No… creo que estuvo uno o dos  días más, como cualquier otro vendedor…

–Si quieres ocultar un árbol… –dijo el brujo, alzo las manos y con un ademan alejo el humo del techo disipándolo.

– ¿Usted cree que regrese a la escuela? –dijo Andrés.

– ¡Alondra! Ya no vas a comprar nada de ningún vendedor ambulante… ¿entendiste? –dice Julieta.

–No creo que quien sea que haya hecho esto, vuelva a intentar el mismo truco otra vez –explica el señor Miguel –. Además, les puedo dejar “protecciones” si es que las necesitan.

–Entonces… lo del parasito… ya quedo –pregunta el padre.

–Si… aquí esta lo que causaba todo el caos –contesto moviendo el frasco con la pulsera adentro, titilando.

–Pero… ¿La pulsera era lo que causaba todo? –pregunto la madre.

–No, la pulsera era solamente un refuerzo al parasito; el trabajo que les hicieron usa nudos –trata de explicar con los tres viéndolo fijamente sin entender a que se refería –. Imaginen un atrapa-sueños, pero a la inversa, la red del círculo se hace con una sola cuerda, entre más nudos tenga esa cuerda, mas intrincada es la red… esto es lo mismo, entre más refuerzos tenga el parasito, mas intrincado y fuerte es el efecto que causa.

–Entonces… el bicho, lo que me arrancaste y la pulsera… ¿Eran los nudos? –dice Alondra que al parecer, era la única que había entendido algo de lo que el hombre había explicado.

–O-ok… entonces ¿Ya termino el trabajo? –pregunta Andrés de nuevo.

–Si… está hecho.

–Entonces… ¿Cuánto le debo?

–Lo que usted quiera darme está bien…

Andrés sonríe ante una respuesta que ya esperaba, saca su cartera, toma un billete de 500, otro de 200 y uno más de 100.

Un precio que había platicado con su esposa el día anterior.

–Gracias –dice el brujo, toma el dinero y lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Julieta sentada al lado de su hija buscaba la mirada de su esposo.

Andrés voltea a verla y en otra conversación de miradas entiende.

–Menciono hace rato algunas… mmm… ¿protecciones? –pregunta el padre.

– ¡Ah! Claro –dice el brujo –. Puedo darles un medallón para la puerta y amuletos para las habitaciones.

Había algunos peces…

– ¿Y eso cuanto más costara? –pregunta el padre.

Que sin carnada muerden

–Denme 400 más por todo –dice mientras saca de su mochila dos pequeños costalitos alargados de tela roja con motivos dorados (algo que le agrado a Julieta) y un pequeño círculo de ramitas, como una corona para recibir el otoño pero con un espejo pequeño colgando.

El señor Miguel había llevado sus productos más vistosos para esa ocasión.

La esposa debía admitir, que tenían una vista al menos presentable.

– ¡Perfecto! –comenta con entusiasmo Andrés ante “el buen” precio.

También habían hablado el día anterior la posibilidad de esta artimaña y el precio estaba aún por lo bajo de su límite.

El brujo sonríe en el intercambio, había superado la cifra que esperaba por el trabajo.

–Una última cosa –comienza mientras guarda los otros dos billete de 200 –. Esto es para Alondra –dice entregándole un pequeño paquete envuelto en tela roja.

Cuando la chica abre la tela, puede ver una pequeña replica de madera del guardián.

Un alebrije perro-armadillo.

–Es un amuleto –le dice a los padres –. Con eso estará protegida de casi cualquier mal.

– Y… ¿Cuánto es por el alebrije? –pregunta Andrés ante un truco que no tenía calculado.

–No es nada… es un regalo para ella.

Alondra no despegaba la mirada de la figura, trataba de comparar los detalles con la imagen que tenía en su cabeza y le asombraba que hasta el tono de los colores coincidiera con la criatura que recordaba bien, pero que no podía explicar tan fácil.

–Muchas gracias –dice Andrés, mientras el brujo guarda sus cosas y se cuelga la mochila al hombro.

–Gracias… –le dice con una sonrisa Alondra, que descansaba en los brazos de su madre.

Julieta no dejaba de ver con cierto desdén la “artesanía” que le había regalado a su hija, era un regalo extraño y algo ordinario.

Casi un cliché.

–No es nada –dice con una pequeña reverencia –. Bueno, si no necesitan nada más… –le dice al padre –. ¿Me podría acompañar a la puerta?

– ¡Claro! Lo acompaño.

Los dos dieron la espalda a la sala, en donde Julieta comenzaba a acomodar las cosas, de pronto, mientras regresaba la silla del comedor, noto que ya no percibía el olor a humedad y tampoco había hormigas, no es que la línea de puntos se hiciera más delgada o que bajara su número a unas cuantas.

Habían desaparecido todas y cada una de ellas.

Se sentía bien, alegre, por más “gordo” que le cayera el dichoso brujo, había hecho un buen trabajo.

Andrés y Miguel cruzaron el portal y cerraron la puerta a su espalda.

–Muchas gracias nuevamente señor Miguel… hablare muy bien de usted y seguramente alguien necesitara de sus… talentos muy pronto, tengo una buena corazonada al respecto –dijo con su tono rápido y adulador.

–Bueno, es mi trabajo y me gusta dar buenos resultados, no tiene nada que agradecer.

–Le debo mucho… la tranquilidad, el alivio… espero le vaya bien –dice tendiéndole la mano.

El brujo acepta el apretón.

Andrés tenía el presentimiento que el señor Miguel no se iría sin arrancarle algo de información.

– ¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo? –pregunta cambiando otra vez a su personalidad fría y asertiva.

–Bueno… ya que lo menciona –comienza soltándole la mano –. Hay algo que me inquieta… es claro que esto no fue un caso fortuito o un accidente. El parasito que hoy arranque de la cabeza de su hija, fue un ataque con todas las de la ley y debo agregar que no fue un trabajo de aficionado ni mucho menos barato –Andrés escucha con atención con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho –. Lo que quiero saber es en qué cosa esta metido exactamente, para saber si necesito preparar algún material especial… o algo por el estilo –termina yendo al grano.

–Bueno… me temo mucho señor Miguel que no puedo compartir esa información con usted –contesta

–Ya veo, me imagino que no ayudara en nada pedir como un pago esa pequeña cortesía.

–Bueno mi amigo… ya le he pagado en efectivo por sus servicios, sería un poco ambicioso y desconsiderado de su parte… ¿No lo cree?

– ¡Claro!… estoy totalmente de acuerdo, recibí con gusto el pago por el trabajo que realice adentro de la casa y en la mente de su hija –Andrés sonríe, tenía un punto, pero esto apenas estaba comenzando –.  Pero me parece ser que a su fachada también le hace falta un trabajo…

– ¿A qué se refiere? –lo interrumpe Andrés.

–Le hable adentro de los nudos… de los refuerzos que el operador puso a su “hechizo”. Bueno… digamos que puede haber todavía un nudo aquí afuera, que pueda revivir todo lo demás… es lo que yo haría si tuviera como objetivo a alguien como usted… no le dejaría escapatoria –Andrés con las mandíbulas apretadas escucha atento, tratando de buscar una salida.

–Puedo ofrecerle más dinero… cuanto más quiere por solucionar el problema –suelta severo, sabía bien que esa clase de embaucadores solo hablaban el idioma del águila y el sol.

–Soy una persona simple con gustos simples… ya le dije mi precio.

Andrés guarda silencio viendo a la calle, poniendo en una balanza todo lo ocurrido y lo que puede ocurrir. Después de un momento se acomoda los lentes y clava los ojos en el brujo.

–Está bien… contestare su pregunta, pero quiero que antes deshaga el nudo o lo que sea que tiene que hacer para que mi familia este tranquila y en paz.

–De acuerdo… –contesta el señor Miguel.

Se acerca a la ventana del lado izquierdo, la que tiene las flores de herrería y macetas suspendidas.

Saca de su espalda un hechizo cuchillo de obsidiana y con un movimiento certero lo clava en la maceta del centro llegando hasta la raíz.

El padre lo observa pensando que es algo simple comparado con el espectáculo de hace rato.

Con su mano sujeta el tallo de la planta, un geranio color rosa y jala bruscamente de él aventando tierra por todos lados; de entre las raíces, Andrés puede ver algo enredado, un pedazo negro de metal, una varilla.

– ¡Aquí está el ultimo nudo! –dice el brujo separando la planta del metal.

Era un clavo grande, el más grande que Andrés conocía.

El señor Miguel saca el frasco de vidrio de su mochila y guarda el clavo junto a la pulsera.

« ¿Que tan diferentes somos de las plantas?… algunos, bajo el mismo ambiente, estamos embrujados»

– ¿Eso es todo? ¿Es lo que faltaba? –pregunta el padre.

–Si… ahora, si no le importa contarme un resumen de la situación, antes de que los tacos y el consomé se acaben, por favor.

Andrés suelta un soplido de resignación.

–Yo y algunos otros de mis compañeros estábamos en la venta de unos terrenos… no muy lejos de aquí y después de recibir varias ofertas, nos decidimos por la que nos hizo un extranjero, a pesar de que uno de los interesados nos había pagado ya una “pequeña suma” por las tierras –Miguel escuchaba atento, en su mente sabia como iba a terminar la historia, esas cosas no le eran útiles, pero dejo continuar al padre –. Cuando el hombre se enteró que esas tierras ya no iban a ser suyas… bueno, se molestó y en una reunión nos amenazó a todos por lo sucedido… es todo, unas dos o tres semanas después de eso, comenzaron las cosas extrañas –termina Andrés con las manos en los bolsillos.

–La ambición ha sido la cuerda de muchos hombres…

–Bueno, nadie esta exento de pecado.

–En eso tiene razón –contesta el brujo.

–Ahí lo tiene… el gran misterio…

–Muchas gracias –dice con sarcasmo –. Tengo otra pregunta, ¿Cómo era el tipo al que estafaron?

–El trato fue por un poco de información… y eso es más que un poco –contesto negándose en parte porque no podía recordar el rostro del sujeto.

–Bien… me imagino que tampoco me podría decir por donde estaban las tierras.

Andrés guardo silencio, no sabía mucho de magia, pero pensaba que un nudo más en esa cosa, sería excesivo, así que todo eso había terminado, el brujo ya no tenía nada que ofrecerle.

–Está bien… me disculpó por esto –dijo el brujo y con un movimiento instantáneo le tapo los ojos a Andrés con su mano izquierda para después taparse los propios con la derecha.

En medio de los puntos morados y verdes se dibujó una imagen, como una fotografía.

Cinco hombres de saco sentados en la mesa de madera de alguna marisquería y enfrente de ellos había un hombre de sombrero, ni el brujo o Andrés podían ver su rostro.

La memoria había sido modificada.

Obviamente aquel hombre era el estafado.

–Muchas gracias… –dijo el brujo mientras quitaba la mano de los ojos del padre – ¡que tenga un buen día! –termina y emprende la huida

Andrés, desorientado se talla los ojos debajo de los lentes.

– ¡Señor Miguel! –dice en voz lo suficientemente alta como para que lo escuchara a los pocos pasos de distancia que se encontraba –. Espero no volver a verlo otra vez…

El brujo levanta la mano en una despedida.

El padre cierra la puerta a su espalda.

Ese mismo día, más tarde, la familia pediría pizza y se quedarían viendo películas en el sillón como no lo habían hecho desde hace mucho.

En los días siguientes, Alondra no podría dejar de pensar que había sido “Alicia” por unos instantes, siguiendo a aquel hombre-conejo por un bosque de maravillas.

El señor Miguel, en su camino de regreso no podía dejar de pensar en un consomé caliente para recobrar energías, después de eso una buena siesta.

Se lo había ganado.

 

 

 

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