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Cazador de pesadillas (Venado, Pez, Águila)

Jorge Pascual

1.- El señor miguel (experto en pesadillas)

Hay conocimiento que no se puede demostrar con un papel, hay cosas que no necesitan un diploma, que hablan por sí mismas, que solo necesitan manifestarse para demostrar su valía. Como el sazón de una cocinera; nadie tiene en la pared un diploma colgado que diga: “Se le otorga a: Fulanita Sultana el presente Diploma por tener un sazón inigualable”, no; basta con comer en el lugar para saber que esa mujer tiene el don.

Este negocio es lo mismo, no es algo que puedas poner en tu Currículum, algo que puedas nombrar como una profesión o un oficio, es algo abstracto que no tiene un nombre; no es algo que necesite una formación académica, claro que necesitas un maestro y estas vueltas se aprenden, pero es lo mismo, tienes el don o no lo tienes.

Suena el celular, preguntan sin saber bien a quién o qué buscan y después de un poco de información acuerdan una reunión para el día siguiente.

La casa de esta tarde es solo una más dentro de un fraccionamiento de casas iguales, de pasar cualquier otro día por el lugar ninguna casa seria relevante y las vidas en su interior no significarían nada; pero es parte del trabajo meterse en la vida de desconocidos.

Llega a la hora pactada, toca la puerta y espera unos minutos, ve a su alrededor, hay dos macetas grandes, trata de no pensar en el rosal agonizante del lado izquierdo, se pierde en el número 23 de la puerta hasta que escucha pasos seguidos del sonido de la cerradura.

–Buenas tardes –saluda una mujer desde el portal.

Cabello negro y lacio, entre 28 y 34 años, nariz ganchuda, mentón saliente, facciones afiladas, ojeras marcadas, labios partidos, maquillaje ligero, vestido sencillo de color azul cielo, no lleva manicura.

–Buenas… soy Miguel, me llamaron el día de ayer para checar su… problema –contesta.

–Sí, sí señor Miguel…  adelante, pase por favor.

–Gracias, con permiso –dice al entrar.

La luz de la casa le da en el rostro; tiene el cabello desarreglado, la barba de dos días y la nariz (levemente) torcida, las mandíbulas siempre apretadas. Camina ayudado por su bastón hasta la sala, se quita la mochila que lleva en los hombros y la deja en cualquier lugar recargada.

Entra a la habitación, el padre se levanta y camina hacia él; tiene el cabello recortado y peinado hacia la izquierda, camisa a cuadros, pantalón de mezclilla, botas de trabajo, lleva una barba de candado recortada, la nariz es prominente, con forma de papa; cejas pobladas, tiene complexión de alguien que ha bajado de peso y se ha puesto en “forma”.

–Ulises, él es el señor Miguel, es el… experto.

–Mucho gusto –saluda el padre tendiéndole la mano al extraño. Miguel titubea unos segundos antes de darle la mano, el agarre es fuerte, las manos están llenas de callosidades  –Ulises y Pamela –reitera el padre.

No necesita saber más, sabe que no confía él y que piensa que esto es una artimaña para conseguir dinero.

–Bueno, díganme que puedo hacer por ustedes –debía terminar rápido con esto.

–Pensé que usted nos diría –ataca primero Ulises.

–Díganme lo que sucede, los… amm, síntomas.

–Pero ya se lo había contado mi mujer por teléfono –continua con la ofensiva.

–No es lo mismo escucharlo por el teléfono que en persona –«principalmente porque en persona sé si me están mintiendo o no» piensa.

–Bueno, por las noches sueña feo, tiene pesadillas que lo despiertan, pero… no son como normales –comenta la madre, calmando la situación –dice que siente que está despierto pero no se puede mover, es como eso que dicen, que…

“Se le subió el muerto” –interrumpe Miguel – ¿Sus pesadillas se repiten?

–Sí, cuenta acerca de un esqueleto gris.

– ¿Le han aparecido marcas o moretones, como si unas manos lo hubieran sujetado muy fuerte?

–No, tiene un par de moretones pero son pequeños…

–Como los que se hacen los niños al jugar –interviene el padre para después cruzarse de brazos.

– ¿Ya lo llevaron al médico?

–Sí, fuimos después de la tercera o cuarta vez que sucedió, dice que es un estado inconsciente entre dormido y despierto –explica la madre.

–Dijo que le pasa a muchas personas, que es algo normal, que solo necesita relajarse antes de dormir –dice el padre defendiendo su normalidad

–Ook… ¿Desde hace cuanto sucede esto?

–Ya son casi tres semanas… el pobrecito duerme muy poco, está cansado, le está causando problemas en la escuela, se queda dormido en clases –termina la madre con angustia, se lleva a la boca el índice izquierdo; el padre le aparta la mano de la boca casi al instante.

–Mjum… –musita mientras ve alternadamente al padre y a la madre – ¿Puedo ver en donde duerme el niño?

–Si… si, es por aquí –señala Pamela a la segunda puerta del pasillo mientras camina– ¡Quique! ven hijo, saluda al señor Miguel –dice la mujer.

Sale tímidamente un niño ligeramente regordete, alrededor de los diez u once; ojos grandes, uñas cortas y asimétricas, labios partidos, ojeras marcadas, tiene un rictus de miedo en la sombra del rostro, como un grito perpetuo que lo acompaña siempre; puede ver en sus pequeños brazos unas dos marcas verde-amarillentas, un moretón que empieza a desvanecerse.

Cuando el niño le da la mano, sin fuerza y con miedo, puede sentir una ligera perturbación en su ritmo, no es armónico y los niños deben ser armónicos; siempre le causa un escalofrió cuando le da la mano a un niño por la fuerte energía que guardan, es como magia en estado bruto.

–Hola, soy Miguel ¿Cómo te llamas amiguito? –dice en un intento fallido por ser simpático.

–Hola… me llamo Enrique… pero casi todos me dicen Quique… –dice el niño en voz susurrante, que fue bajando gradualmente de tono.

–Bueno Quique, vengo a ayudarte –le ofrece una sonrisa sincera y después le guiña un ojo.

Extrañamente, el padre siente tranquilidad al ver el gesto, cuando lo conoció parecía una muralla impenetrable, un adulto de entre 40 y 45 años totalmente insensible; pero al verlo de cuclillas, saludando a su hijo sabía que no podía ser tan “malo”.

–Voy a revisar tu cuarto Quique, no me tardo mucho, porque no vas a jugar con tu mamá en la sala mientras checo –Enrique asiente y le da la mano a su mamá para desaparecer hacia la puerta, el padre se queda en el marco, observando como un celador lo haría con un prisionero.

Camina por toda la habitación, haciendo pequeñas inhalaciones como si fuera un perro olfateando narcóticos en el aeropuerto; ve en el piso varios juguetes, unas pistolas de vaqueros (que no están a escala), una espada de plástico que prende luz y emite sonidos al apretar un pequeño botón en el mango; hay varias figuras de acción, muñecos de superhéroes.

Sigue caminando, guiado por aquella vieja brújula en su interior que hace mucho aprendió a escuchar; se detiene enfrente de un pequeño escritorio, ve rastros de manualidades, fantasmas de tareas pasadas, hay algo en ese escritorio que se siente forzado, algo que rompe el ritmo… la escuela, se detiene para ver mejor hasta que un escalofrió le hace voltear hacia atrás.

2.- La cama (el poder de las sombras)

Se acerca con sigilo, como si se tratara de algún animal peligroso, sigue olfateando, se pone de cuclillas para ver debajo de la cama, siente un leve dolor en la pierna. Pasa su dedo índice y medio de la mano derecha debajo de la cama, recolecta en la yema polvo, luego lo prueba rápido con la punta de su lengua.

Se pone de pie con trabajo, el padre lo ve intrigado y con el ceño fruncido. Miguel se queda parado en el centro de la habitación sin hacer nada más que frotarse la barbilla rugosa con la mano.

–Te tengo.

– ¿Qué sucede? ¿Ya sabe qué tiene mi hijo?

–Si…

– ¿Y bien?

–Bueno… ustedes tienen un monstruo bajo la cama –dice con normalidad.

– ¡¿Qué?!

–En realidad tiene otro nombre y es un tanto difícil de explicar pero, a grandes rasgos, es un monstruo bajo la cama.

– ¡Esta loco! ¡Esto es… es… es…! ¡¿Qué demonios intenta?! –suelta exasperado pero sin gritar.

Miguel revuelve entre sus bolsillos mascullando palabras, respira profundo y choca su bastón contra el piso, se queda suspendido un extraño eco en el ambiente, como ruido blanco en las vibraciones de la habitación, como una alteración en los colores y formas, sutil pero presente.

–Si no me crees… míralo por ti mismo… –dice antes de soplar una mezcla de polvo y fragmentos de hojas secas.

Ulises tose al instante y después empieza a sentir un leve mareo, como si estuviera ebrio y el piso solido se convirtiera en un oleaje  turbulento; de algún lado sale una niebla densa, el padre voltea hacia todas direcciones, hacia todas las esquinas. En el centro de la habitación hay un desconocido, el tipo que venía a resolver su problema y ahora… ¿qué le había hecho? Solo recordaba algo sin sentido y después estar en esa niebla.

–Lo veras por ti mismo –dice el sujeto parado a mitad del cuarto y en menos de un segundo se desplaza a su lado; no se “tele-transportó” pudo ver movimiento en él, rápido, casi instantáneo –. Eso es lo que atormenta a tu hijo… –dice mientras se pone a su espalda.

Una figura gris y alta se dibuja entre la niebla, parece una persona delgada, en los huesos, no tiene boca ni nariz y por ojos tiene dos agujeros llenos de luz roja. En la cama se dibuja con menos nitidez la figura infantil de Quique, el ser esquelético se sube a la cama, rodillas y manos a los costados del niño, acercando cada vez más su cara de pesadilla.

– ¡No! –grita el padre.

El ser voltea y con movimientos convulsivos camina hacia Ulises, un delgado corte aparece en donde debería estar su boca y se comienza a abrir hasta convertirse en fauces abiertas llenas de dientes largos y afilados, como garras; se mueve lento y frágil con su nueva boca apuntándole, se pueden escuchar dentro de ese abismo llantos y quejidos de diferentes tipos.

El monstruo se acerca más y Ulises da un paso hacia atrás para chocar con Miguel, él lo toma del hombro y lo hala sacándolo de la habitación. El padre se encuentra desorientado en el pasillo, delgados alfileres de dolor se le clavan en la sien, la habitación esta vacía, sin niebla ni criatura.

– ¡¿Qué diablos fue eso?! –suelta al fin.

–Eso es lo que no deja dormir a tu hijo –le contesta en tono cortante.

–Pero… ¿Cómo…? No es posible… no puede ser…

– ¿Aun no crees eh? Bueno, hay dos opciones, o aceptas que no tienes ni idea de que sucede y aceptas mi ayuda o puedes conservarlo, con algo de entrenamiento será una buena mascota y a este paso será suficientemente gordo como para prepararlo en la cena navideña.

–Pero… yo… como… ¿Qué es eso? –titubea.

­–Es una criatura que se alimenta de estrés y tristeza –comienza después de un largo suspiro –. Vagan en las sombras sin que los notemos; veras, la felicidad y la rutina nos protegen de su presencia, pero cuando hay un exceso de tristeza y estrés, salen de los rincones oscuros para alimentarse de lo negativo en nosotros; por lo regular, comen y se van, pero en algunos casos, cuando la persona está en un estado constante de negatividad, deciden quedarse cerca de su fuente de alimento, no hay mejor lugar para ellos que la sombra perpetua debajo de la cama; muchas veces dejan marcado el cuerpo porque nuestro… amm subconsciente intenta protegernos y hay un pequeño forcejeo, si no hay marcas es porque nuestro sistema de defensa está funcionando mal, lo que hay que hacer es reactivar las defensas naturales del cuerpo –termina el monologo.

– ¿Cómo piensa hacer eso en Quique? –pregunta Ulises tratando de asimilar ideas con las que nunca había congeniado.

–Bueno creo que tendremos que trabajar detrás de bambalinas.

–Pero no es peligroso…

–No, en lo absoluto –Ulises se ve en medio de un conflicto de decisión, confiar o no, creer o no; no sabe que es mejor – ¿Puede llamar a Quique? –pregunta.

El padre lo piensa en silencio.

3.- El mounstro debajo de la cama (un enemigo sin rostro)

– ¡Pam, Quique! ¡Vengan por favor! –los llama después de dos segundos eternos.

Se escuchan pasos hacia la habitación, Ulises luce nervioso ante la idea de explicarle lo que había visto a su esposa. Llega el pequeño de la mano de su madre.

–Hola de nuevo Quique, necesito tu ayuda, voy a hacer unos trucos ¿me ayudas? –el pequeño asiente, la madre voltea preocupada a ver a su esposo, el mueve la cabeza de un lado a otro tratando de eliminar su preocupación –ella lo ve algo pálido –. Ven, acércate– le dice invitándolo con un ademan.

El pequeño se acerca con precaución, Miguel se pone en cuclillas y saca un pequeño frasco de vidrio del bolsillo interior de su chamarra negra, no es más grande que un frasco de gotas medicinales, le quita el tapón y se moja un dedo con el líquido verde que contiene, con el dedo dibuja círculos en las sienes del niño y después de volver a mojar su dedo, le pone también un poco en la punta de la nariz, de inmediato la habitación se llena del dulce aroma del pirul. La madre un poco preocupada se muerde las uñas de la mano izquierda, el padre no pierde ninguno de los movimientos del hombre, un poco intrigado y un poco impaciente.

–Respira profundo –le pide al niño –te voy a hacer unas preguntas, ¿estás listo? –el pequeño asiente con pereza, como si todo el sueño acumulado de tantas noches en vela lo atacara indiscriminadamente –. A ver ¿te llamas Enrique? –asiente –. Muy bien, dime ¿ellos son tus padres? –vuelve a asentir –. Ahora dime en una pelea entre Goku y Superman ¿Quién crees que gane? –pregunta con seriedad.

El pequeño piensa un momento con la misma seriedad.

–Creo que ganaría Goku –le contesta.

–Muy bien… ahora dime… ¿te molestan en la escuela? –Ulises frunce el entrecejo y da un pequeño paso hacia adelante, el niño no dice nada –. Bueno, no importa —El padre balbucea unas silabas sin decir nada en concreto —. Ok… última pregunta ¿tienes sueño?

–Si… –se refriega un ojo con su infantil puño.

– ¿Quieres acostarte a dormir?

– ¡No!… ¡ahí hay algo malo!… ¡es… es… es un monstruo!… no estoy loco ni digo mentiras…

–Tranquilo Quique… vengo a ayudarte con eso… –busca en las bolsas de su pantalón –. Sabes, cuando era niño tenía problemas con cosas similares, pero por suerte aprendí algunos trucos para ahuyentar a esos monstruos –saca de su pantalón un pequeño cuarzo rosáceo –.  Vamos a poner esto debajo de tu almohada y verás que todo es diferente –el pequeño Enrique bosteza –. Ven, échate un sueño –el niño salta a la cama y Miguel coloca el cuarzo debajo de su almohada, se acuesta mientras él lo arropa –. Adelántate, ya te alcanzo –dice y voltea a ver a los padres –. Voy a acompañarlo –«dibuja comillas en el aire», arrastra una pequeña silla y la pone al lado de la cama –. No nos despierten –dice mientras se sienta y pone su derecha sobre la frente del niño.

Entre la oscuridad y el espectáculo multicolor que dibujan los fosfenos en los párpados, se comienza a crear un lugar, al principio difuso, solo siluetas; después con mayor nitidez, a veces escucha risas y voces, a veces siente un rumor etéreo como si fantasmas deambularan libres. El piso sobre el que se encuentra es gris, con unas líneas rojas y azules, hay pintado también un cuadro verde con cuatro flechas blancas apuntando a un círculo dentro de la figura, a cada uno de los lados se ve una estructura de tubulares gruesos, trata de identificar la figura y en el momento en que su cerebro la descifra, todo se vuelve un poco (no mucho) más claro.

Está parado en una cancha de básquet, las canastas estaban a los lados y el cuadro verde era el punto de reunión en caso de sismo (cosa que en Oaxaca es muy cotidiano), las canastas también tienen portería por lo que las franjas en el piso pertenecían a las líneas de dos canchas distintas en una sola. Camina hasta el borde y baja el desnivel para llegar a un patio de juegos con piso de tierra, mientras camina van apareciendo juegos, un pasamanos verde limón, un sube-y-baja azul, sigue caminando y a su espalda la cancha de básquet-futbol pierde forma, al lado de unos aros para escalar de color rojo se encuentra un niño agachado, observando la tierra, Miguel se acerca y ve a Quique frente a un círculo dibujado en la tierra, dentro hay pequeñas esferas de vidrio con colores diversos, Quique sostiene en la mano su propia esferita apuntando a las demás.

–Pensé que los niños ya no jugaban a las canicas –dice acercándose más.

–Mi papá me enseñó y yo les enseñe a mis amigos –contesta el niño y lanza el proyectil de vidrio con el pulgar que se estrella contra las del círculo y luego de una reacción en cadena, salen 5 de la circunferencia.

«Ningún tiro podría sacar 5 canicas del pozo» piensa Miguel. Comienza a sentir un cosquilleo en la mano que se extiende por todo el brazo, sabe que no puede estar aquí, al menos no sin una invitación.

–Quique vengo a ayudarte –el niño voltea a verlo como si apenas hubiera notado su presencia, no puede reconocerlo –. El monstruo va a venir y lo vamos a derrotar, pero necesito que hagamos un trato entiendes, ¿sabes que es un trato?

–Si… –contesta viéndolo fijamente como intentando recordar algo.

–En unos momentos van a ocurrir cosas difíciles de creer, quiero que prometas recordar lo que suceda, intenta no olvidarlo aunque te digan que no pudo ser cierto, aunque lo digan tus padres ¿sí?

–Si… –repite sin entender del todo, escudriñando aún el rostro del hombre que tiene enfrente.

– ¿Prometes ser valiente? –le pregunta mientras le tiende la mano para que la estreche.

–Sí, seré valiente -contesta y le estrecha la mano.

En el momento en que lo toca, Miguel siente como si dos clavos incandescentes se le clavaran detrás de los ojos, todo su cuerpo experimenta un carnaval de alfileres danzantes agudos y fríos que se introducen por cada poro, aprieta las mandíbulas tratando de recobrar la calma y evitando caer en pánico, tiene que resistir solo un instante. Pequeñas gotas de sudor aparecen en su frente y también resbalan por la espalda.

Tan repentino como cuando inició, el dolor cesa y se da cuenta que todo es nítido, las figuras, los colores, el mundo ya no son manchones borrosos, los fantasmas rumoreos que antes sentía se materializan en niños corriendo y riendo.

– ¿Tu eres el señor Miguel, verdad? ­–rompe su ensimismamiento.

–Sí… soy yo.

–Mi mamá dice que eres un brujo.

–Se podría decir que si… –contesta con una sonrisa tímida, casi imperceptible.

– ¿Me vas a enseñar trucos de magia?

–No…

– ¿Y el monstruos?

–Ya nos ocuparemos de eso.

Quique respira profundo.

–Si… está bien.

–Eres más valiente de lo que imagine.

–Es bueno no estar solo aquí –dice con una sonrisa.

–Entonces… ¿Esta es tu escuela?

–Sí, me gusta la escuela porque aquí juego con mis amigos y aprendo cosas, aquí puedo comer dulces también sin que me diga algo mamá.

–Son buenas razones para venir Quique –concluye Miguel.

El entorno vuelve a cambiar, los niños de la escuela empiezan a desaparecer, el «brujo» no lo nota hasta que las risas casi desaparecen. Más allá del patio de juegos tres niños se acercan, el sueño los enfoca, como cuando apagan las luces en el cine para avisar que la película está por empezar, claro que ellos serían como los avances previos a la presentación estelar.

— ¿Ellos son los que te molestan? —pregunta apuntando a los tres niños que se acercan.

—Sí… Me dicen albóndiga y que soy una bola de caca. Son malos, no solo me molestan a mí, nadie en la escuela los quiere.

— ¿Y por qué no te defiendes?

—Hace una semana, Raúl se defendió y empujo a Oscar —señala al de en medio —en la salida lo esperaron y  entre los tres lo tiraron y le pegaron, vino su mamá a platicar con el director y Oscar no vino en ¡tres días!… Yo soy menos fuerte que Raúl, me van a pegar mucho.

—Bueno, debe haber alguna manera Quique, no está bien que te dejes molestar —el infante baja la cabeza resignado en un comentario que había escuchado mil veces. El brujo guarda silencio, espera hasta que los tres brabucones estén más cerca —. Tienes que ir con ellos, intenta defenderte…

— ¡No!… Me van a pegar, dijiste que venias a ayudarme no a ayudarlos a que me lastimen.

—Será solo una vez, la última vez, prometiste que serias valiente, después de hoy, todo cambiará, te lo prometo.

Quique aprieta los labios y cierra sus pequeños puños, da un paso indeciso hacia los tres y luego, en una caminata lenta y apesadumbrada, llega ante ellos.

Miguel voltea hacia todos los lados esperando que algo cambie; los niños se ríen de Enrique, entonando las burlas más hirientes.

Nada cambia en el ambiente.

Sigue mirando alrededor, esperando. Sabe lo que tiene que hacer pero se niega a hacerlo, trata de buscar otra solución sin encontrarla.

Nada cambia en el ambiente.

El brujo respira profundo, toma su bastón y da un pequeño golpe en el piso, una pequeña nube de polvo se queda arremolinada en la punta. Los tres empujan a Quique, parecen más grandes que hace unos momentos.

El ambiente cambia. Por fin.

Un frio camina invisible por el lugar helando el aire de una manera sobrenatural, haciendo plomiza la luz natural y volviendo más pesado el aire. Junto a la cancha de Básquet-Futbol, de entre la sombra de los árboles se levanta un ser de pesadilla, tres metros de alto, el cuerpo gris, con la piel pegada a los huesos, los ojos son dos lagunas profundas de luz roja.

Miguel se traslada en menos de un pestañeo a donde esta Enrique, los tres brabucones ya no están; le tiende la mano al pequeño para levantarlo.

—Vamos Quique, esto se va a acabar —le dice viendo al monstruo, tratando de anticipar sus movimientos.

El niño se levanta y se limpia el polvo como si fuera algo rutinario, se da cuenta de que algo es diferente y voltea buscando lo que sabe que hallará.

— ¡Ese…! ¡Ese es el monstruo! —grita y la figura gris comienza a dar pasos convulsivos hacia ellos.

— ¡Corre! —le ordena el brujo apuntando hacia la zona de juegos.

El monstruo pisa una sombra y se hunde para aparecer en la sombra más cercana a Quique, se levanta siniestro alzando una mano como garra apuntando al pequeño, en un destello deja caer su extremidad en un mortífero golpe que silba al romper el aire; Miguel se traslada a tiempo para encarar el golpe con su bastón.

— ¡Rápido, atrás de los aros! ¡Lejos de las sombras grandes! —indica el hombre a un temeroso Enrique que con la cara perlada de sudor y pálida corre, se refugia en el lugar indicado.

El monstruo forcejea contra el hombre y su bastón sin poder expresar más que el rictus mortis, abre el delgado corte que tiene por boca y de las fauces emite un aullido que hace temblar el esqueleto hasta la medula, el brujo se ve vencido por la fuerza del ser maligno y es disparado a tres metros contra el suelo. El niño ve aterrorizado como su defensor yace en el suelo, la figura gris de muerte comienza su marcha espeluznante hacia él.

— ¡Señor Miguel!… ¡Señor Miguel!… —grita en una sinfonía de terror y desesperación.

El monstruo se encuentra cada vez más cerca.

—Tranquilo niño… —dice poniéndose de pie.

El ser alarga sus manos entornándolas a la figura del indefenso infante.

— ¡Señor Miguel!… Señor… Se…—sus gritos se convierten en un delgado hilo de voz, los ojos congelados, pasmados por el miedo, puede ver entre los aros para escalar la textura muerta de la carne gris, es capaz de oler el aroma de humedad y polvo cada vez con mayor intensidad.

Siempre corría en esta pesadilla, corría con todas sus fuerzas, hasta que las piernas le dolieran y su corazón quisiera salírsele por la garganta, siempre terminaban atrapándolo pero esto era peor, ¿por qué diablos sus padres llamarían a un brujo que lo había entregado al monstruo?

Era un fraude.

4.- la sangre en el agua (la invocación)

—Tranquilo, no te puede atrapar —dice a su espalda el brujo robándole un grito de sorpresa.

El monstruo choca en su caminata contra los aros de escalar, Quique da un paso hacia atrás; el ser gris se empeña en seguir adelante, enredándose en el juego infantil.

—Sus ojos… —dice Miguel como si eso fuera suficiente para explicar todo —. El único color que no puede ver… es el rojo —termina.

Miguel toma su bastón y golpea el metal produciendo un titileo que se queda en ­­el aire, los aros se retuercen y giran atrapando al monstruo como trampas para osos sin dientes lacerantes.

—Tenemos que irnos —retoma el brujo —. Esto no lo detendrá por mucho tiempo, necesitábamos saber a qué nos enfrentábamos, que tan fuerte es —. Camina a la barda del fondo — ¿Sabes que hay detrás de esto? —pregunta con la mano sobre los ladrillos pintados de blanco.

—Es una casa creo —contesta el niño.

— ¿Pero sabes cómo es, cómo se ve?

—No.

—Perfecto.

Una de sus manos se oculta en la espalda debajo de su chamarra para sacar una especie de cuchillo, un pedazo de madera con un gran trozo de obsidiana incrustada en un extremo. Se acerca a la pared de ladrillos y clava certero el puñal en la roca para después desgarrar la dura superficie en un corte vertical.

La rasgadura no era de roca, era más bien como hecho sobre tela, como si en vez de cortar un objeto solido hubiera roto el borde mismo de aquella realidad.

—Vamos —dice apuntando a la abertura mientras guarda el cuchillo hechizo.

Quique se acerca con los quejidos dolientes del monstruo al fondo, el brujo toma una orilla del corte y lo abre lo suficiente para que el niño pueda pasar por él.

Con mucha precaución, Enrique mete una pierna por la abertura y siente una superficie suave y crujiente al otro lado, no parece ser algo peligroso, mira a los ojos al hombre del bastón, él solo asiente y entonces el pequeño cierra los ojos y se mete por la abertura; se queda parado con los ojos apretados, el corazón sosegado después de la adrenalina del encuentro anterior, siente una brisa fresca y escucha el cantar de aves distintas; abre los ojos despacio, puede ver arboles a su alrededor y una larga extensión de pasto, voltea a su espalda y ve la rasgadura flotante por donde entro, de ella viene saliendo el señor Miguel.

El brujo da dos pasos hasta colocarse al lado del niño mirando a todas direcciones, la fisura se cierra despacio hasta desaparecer por completo. Se encuentra parado en un cerro, hay mucho campo alrededor.

— ¿En dónde estamos Quique? ¿Conoces este lugar?

—Sí, es el cerro que está cerca de la casa de mi abuelo, venimos a veces de visita, hay unas pozas por ahí —dice apuntando hacia enfrente.

—Unas pozas… bien, llévame ahí.

Comienzan a caminar por un sendero, el sol en el cenit baña de luz el pasto verde apenas manchado por las sombras de los arboles; siguen caminando y se puede escuchar el murmullo de un cuerpo de agua. Miguel siente un presentimiento, una ligera presencia ajena a ese lugar.

— ¿Ya casi llegamos Quique? —pregunta el hombre.

—Sí, falta poco, más adelante hay una curva y después la poza.

—Debemos apurarnos, hay algo que no me gusta.

El niño voltea a verlo con precaución, aun en su mente infantil sabe que el monstruo lo sigue, a pesar del cambio de realidad, él sabe que ese ser lo quiere a él y que no habrá nada que lo detenga hasta atraparlo; este ya no era un sueño normal y estaba seguro que cuando lo atrapara, despertar no lo salvaría.

Guarda silencio y aprieta un poco el paso.

El camino empieza a torcerse, pueden ver más adelante la curva, el sonido del agua es más fuerte.

—Espera, detente —advierte el brujo.

— ¡Que pasa! —dice Enrique con miedo.

El hombre se pone el dedo índice sobre los labios en señal de silencio.

Un viento hace mecerse con violencia las copas delos árboles, el sol ya no es suficiente para calentar el día y un frio irreal comienza a manifestarse. El corazón del niño siente el peligro que se acerca y bombea como loco.

En el nacimiento de la curva a unos doscientos metros adelante, de entre las sombras de los árboles se levanta la figura espectral; Quique da pasos hacia atrás hasta chocar con el señor Miguel.

— ¡Niño escúchame! —dice severo —necesitamos llegar a esa poza ¡Es muy importante! Cuando yo te diga… corre, aléjate de las sombras.

— ¿Por qué no mata a ese monstruo? —pregunta en su desesperación — ¿Por qué cuando estaba entre los aros no le clavo su cuchillo?

—No es tan fácil Quique, yo no puedo matarlo, no creo que ellos mueran, solo podemos expulsarlo de aquí, pero no con mis manos, no basta, necesitamos algo que sea igual que él.

— ¿Otro monstruo?

—Un ser de luz, un guardián.

El ente oscuro empieza a hundirse en las sombras.

—Aquí viene —dice el brujo y empuña su bastón como si fuera una espada.

Un brazo gris y pútrido se levanta de la sombra a los costados para atacar al pequeño; Miguel bloquea el golpe con su bastón y el brazo vuelve a la sombra para reaparecer al otro flanco.

— ¡Corre! ¡Ahora! —le ordena al niño mientras, con un golpe certero, regresa el brazo por donde llegó.

El pequeño Enrique corre con la barriga rebotando y una mueca de pánico, a sus lados, el brazo que aparece y desaparece trata de atraparlo con desesperación psicópata, el brujo apenas puede frenar el ataque del ser, como si fueran cientos de brazos los que atacan.

El bastón en la diestra corta el aire con un silbido cada que asesta un golpe a las extremidades salientes de las sombras, mutila con el puñal de obsidiana en una danza de mortales y peligrosos golpes.

Enrique llega a la curva y puede ver la poza al fondo de un gran claro. El niño sonríe saboreando el sudor que alcanza a llegar a las comisuras de sus labios, tiene las mejillas encendidas en un rojo exagerado; sonríe triunfal y se detiene un instante disfrutando del esfuerzo y el éxito en su tarea.

Voltea hacia atrás y su felicidad se extingue de un soplido, como si apagaran una vela, un frío atrapa su estómago y jala hacia abajo dentro de él, empieza a temblar y el miedo se adueña de su mente; era peor que otras veces, tener esperanza y perderla era demoledor, paralizante, sus ojos se llenan de lágrimas y quiere llorar, no en sollozos mudos sino en gritos lastimeros como los de un recién nacido que adolece de la vida que no conoce.

El señor Miguel está atrapado por los brazos, dos sujetan sus piernas y otros más atraparon las muñecas imposibilitando usar sus armas, forcejea contra la fuerza que imparten en él para hundirlo.

— ¡Corre!… No… Te detengas… —dice con esfuerzo.

El niño obedece, ¿qué otra cosa podía hacer? La imagen de la derrota inminente del brujo queda oculta por la curva.

Llega cerca de la poza y tropieza, sus rodillas caen en el suave césped, se queda así un momento, asimilando la derrota, cada que el monstruo lo atrapaba despertaba sin poder moverse y la angustia, y el pánico lo hacían sentir muerto, ahora el monstruo estaba enojado y era tan poderoso como para vencer a un brujo, tal vez cuando despierte se quedaría así por siempre, sin poder moverse o hablar, sin nadie que lo ayudara.

Un escalofrío interrumpe su fatídica idea.

El emisario de su miedo, el ser de sus pesadillas sale del final de la curva con su paso antinatural, se puede ver entre la clavícula y el cuello, el mango del puñal de Miguel, señal inequívoca de la batalla perdida, los brazos se ven negros, como «chamuscados».

La luz del sol cae de lleno en el ser resaltando su siniestra naturaleza, abre la delgada línea que tiene por boca y emite un aullido, todo el campo tiembla; de entre los pies de la criatura sale disparado un Conejo marrón (que después, cuando Quique despierte, dirá que era blanco).

Da un paso atrás.

El ser comienza a caminar, la distancia que lo separa de su tortuoso fin es cada vez menor.

Da otro paso atrás.

La luz roja de sus ojos destella con asesino fulgor incluso se puede adivinar una sonrisa en su inhumano rostro.

Da un paso más.

Su último paso.

Choca contra algo de espaldas frenando su retirada.

—Cuidado… Estas muy cerca de la orilla… —le habla una voz conocida.

El niño voltea con alivio y sorpresa.

— ¡¿Pero cómo?!…

— ¿Qué? ¿No me viste pasar? —dice Miguel con una sonrisa burlona —Necesito mi cuchillo… —dice con la mirada fija en el ser y las manos sin su bastón. La luz del sol que ilumina su rostro deja ver el cansancio provocado por la batalla y su esfuerzo por mantenerse en esta realidad ajena a él —. Tienes que llamar al guardián…

— ¡¿Pero cómo?! ¿Quién es, cómo se llama?

—No sé quién es y no tiene nombre… Aun no, solo sé qué responderá a tu llamado.

— ¡Eso no ayuda nada! —se exaspera el pequeño.

—Mira… Es simple, acércate al agua, llámalo, dile que venga, dile al agua y dale una gota de tu sangre…

— ¡¿Qué?!… ¡Pe-pe-pe-pero…! —titubea el pequeño a la orilla de la poza.

— ¡Oye! —Habla severo el brujo — ¡Prometiste ser valiente! Esta pesadilla esta por terminar —dice en un tono totalmente diferente a lo anterior —. Necesito mi cuchillo… quédate aquí —ordena.

El brujo respira profundo dos veces reteniendo el aire de la última inhalación, suelta el aire rápido en una especie de silbido, el sonido es diferente a todo lo que el pequeño había escuchado, era como si lo pudiera tocar, como si al escucharlo también se activaran los demás sentidos; inclina el cuerpo hacia atrás y en un solo paso (que nunca toca el suelo) llega hasta estar enfrente del ser.

El niño lo ve sin dar crédito, era un brujo de verdad.

De un solo salto llega hasta los hombros de su enemigo antes de que este pudiera reaccionar, se aferra a su cuchillo de obsidiana, tratando de sacarlo de la piel muerta; ante el dolor y la sorpresa, el monstruo se mueve y convulsiona convirtiendo la batalla en un rodeo.

Por fin, con un último esfuerzo e impulsado por sus piernas, sale disparado al desencarnar el cuchillo hechizo.

El monstruo cae de espaldas, aullando de dolor.

El brujo cae también a escasos metros de Quique.

El pequeño camina hasta donde está el señor Miguel tendido.

—Ten —dice aun en el suelo tendiéndole el cuchillo —. Solo un pinchazo en el dedo, solo una gota —complementa al levantarse y sacudirse el polvo.

De pie, moviendo la cabeza de un lado a otro, buscando algo para defenderse; camina hacia una rama tirada en el suelo.

—Esto servirá —dice girándola un par de veces con la mano —. Te conseguiré tiempo.

Hace chocar la punta contra el suelo y un aliento cálido cubre la rama con un brillo blanquizco como una llamarada tenue; en un instante la rama cualquiera se convierte en su bastón de siempre. Quique recordaría esto no como una débil llamarada sino como un fuego brillante e intenso.

Al frente, el cuerpo inerte del monstruo comienza a moverse. Planta los pies y con el impulso de sus piernas se levanta, el cuerpo gigante lleno de heridas deja una sombra delgada apuntando hacia donde están sus enemigos. Lento, el corte que es su boca se abre para mostrar las garras afiladas que tiene por dientes; la bestia vuelve a rugir, su pecho comienza a hervir debajo del pellejo podrido, los huesos de su tórax crujen al romperse y se desprenden rasgando la piel gris, formando con huesos y carne otro par de extremidades debajo de los brazos.

—Eso es nuevo… —dice el brujo viendo a su adversario —. Como si no fuera suficiente, hay que hacerlo interesante supongo.

                                                                      

El monstruo camina hacia ellos, los dientes brillando con destellos asesinos, la carne expuesta de su torso luce sin brillo en contraste con sus ojos llenos de fulgor carmesí.

—Hazlo… corre y no mires atrás… —ordena Miguel sin quitarle la vista a la pesadilla que camina hacia él.

El pequeño Enrique camina presuroso y se deja caer sobre las rodillas a la orilla del lago mientras su protector corre al encuentro con el ser empuñando su bastón, luchando y esquivando, golpeando y cortando.

El filo de la obsidiana toca la piel suave de Quique y se queda así por un instante, sabiendo que debe cortarse pero dudando sin razón; a trasfondo se escuchan rugidos y aullidos del monstruo.

El solo quería dormir sin despertar gritando, el solo quería descansar, dejar de tener miedo, pero con la punta del cristal sostenida sobre su dedo, dudaba; no podía enfrentar al monstruo él solo, no podía defenderse contra los chicos que lo acosaban y ahora ni siquiera podía pincharse el dedo, tal vez se merecía todo lo que le estaba pasando, era el castigo a su cobardía.

Un castigo que podía romper.

En las caricaturas siempre pasaba eso, a veces un gran problema encontraba solución en una pequeña pero valerosa obra; a veces servía de inspiración para otros, a veces resolvía el conflicto haciendo encajar la pieza de la historia que estaba suelta.

Quizás esto era igual, este gesto, la gota de sangre, solo simbolizaba el salto de fe, la caída al abismo para ser rescatado.

Respira rápidamente un par de veces antes de retener el aire en los pulmones, aprieta los dientes, aparta la vista y cierra los ojos con fuerza. El filo de la obsidiana corta la piel y la carne, el dolor es agudo. Siente un líquido caliente salir del corte, aun con los ojos cerrados sabe que es rojo.

Abre los ojos por fin y ve que el pequeño corte que debía hacerse recorre toda la yema en una línea gruesa y profunda. Por instinto la mano intacta cierra el puño entorno al dedo sangrante.

Se acerca más al lago y extiende la herida ofreciendo el sacrificio al cuerpo de agua; dos gotas gordas resbalan y caen por gravedad haciendo ondas al caer, dos gotas más resbalan de entre el puño.

« ¿Con eso sería suficiente?».

Voltea a ver al señor Miguel esperando que “el hechizo” se haya activado y le otorgue algún poder al brujo para derrotar a la pesadilla, pero no era así, la vida no era una caricatura y los sueños-reales tampoco lo eran. El monstruo putrefacto tenía contra las cuerdas a su defensor, los brazos ordinarios sujetaban de las piernas y el cuello a su presa, mientras las improvisadas extremidades forcejean contra el bastón.

Ya no sentía el corte en el dedo, todo rastro de dolor se había esfumado junto con la poca esperanza que aun tenia.

5.- el guardián (Al fin la pesadilla tiene miedo)

Flamas tan brillantes que parecen blancas cubren al brujo en una guirnalda de fuego. El monstruo aúlla y lanza por los aires a Miguel; las flamas se extinguen cuando el cuerpo cae, el ser se abalanza sobre su oponente caído emitiendo gruñidos de furia; con las fauces abiertas, en seis patas, acechando como una clase de insecto carnívoro. Un destello nace de entre las extremidades y un conejo sale huyendo. Un segundo destello se dispara ocultando la transformación del conejo en el brujo, el bastón asesta en el costado del ser y le arranca un pedazo de carne muerta. El ser golpea, el brujo cae otra vez, es evidente el cansancio, tiene sangre en la sien y resbalando por la comisura de la boca, lo ve un poco borroso, como si empezara a perder solidez.

«Necesita ayuda».

A este paso el ser terminara con el brujo y el siguiente en la lista es un pequeño niño regordete.

«Por favor ven… quien quiera que seas ven… necesitamos ayuda… por favor… algo… alguien… necesitamos ayuda».

Piensa Enrique con lágrimas calientes resbalando por sus mejillas.

Un golpe más del bastón.

La pesadilla vuelve a atacar.

Más fuego que no quema.

Más rugidos de furia.

El brujo cae otra vez y el monstruo golpea el cuerpo en el suelo con sus cuatro brazos, sin descanso, solo se puede ver el cuerpo del señor Miguel convulsionar al ritmo de los golpes.

— ¡No! ¡Basta! —Grita el niño con las manos sobre el pecho.

El ser voltea, por un instante los ojos llenos de luz roja se conectan con la infantil mirada de Quique. Siente terror en los huesos; después, el frio del agua en su espalda.

Detrás del pequeño, del fondo de la poza, envuelto en un geiser de más de seis metros emerge el guardián. La bestia quimérica que sale del agua llega tan alto que eclipsa parcialmente el sol, Enrique ve el espectáculo acuático incrédulo. La sombra sin definir abre dos alas y planea hasta llegar enfrente del niño.

La parte delantera es un venado, patas, cabeza y astas; de en medio de su lomo salen dos alas largas que bate majestuoso; las patas traseras fueron sustituidas con una cola de pez larga. Tiene escamas, plumas y pelaje cubiertos de intrincados patrones de líneas zigzagueantes y diminutos círculos concéntricos. Tonos turquesas, verdes y azules (además de pequeños puntos rosas y amarillos) adornan su cuerpo en una visión hipnótica; la luz que rebota en su piel da un efecto de movimiento y fulgor intermitente; cada pluma está adornada, cada escama también, en el centro de la cabeza, entre las astas tiene una figura parecida a una flor dibujada con puntos.

La pesadilla se levanta liberando al brujo, observa a su nuevo adversario, el señor Miguel vuelve a moverse en un parpadeo para llegar hasta donde esta Quique.

— ¿Por qué tardaste tanto? —le reprocha al niño — Casi no la cuento —termina.

La pesadilla y el guardián enfrentan miradas, inmóviles, como esperando algo.

El monstruo gruñe extendiendo sus cuatro brazos.

El guardián bala en un canto inefable.

La pesadilla embiste y el venado-águila-pez corre y repta al choque. Las astas detienen la embestida y repele el ataque, aletea unas veces separándose del suelo y con la cola de pez golpea al monstruo, revolotea alrededor de su oponente esquivando los zarpazos de cuatro brazos; golpea con las patas de venado, a cada golpe su piel de distintas texturas brilla y parece que la pesadilla se vuelve más pequeña.

Forcejean e intercambian golpes, es clara la ventaja del guardián. La pesadilla queda atrapada entre las astas de su oponente, la quimera alza el vuelo; los aullidos furiosos del monstruo ahora son lamentos de terror, Quique siente un regocijo que dibuja una sonrisa en su boca.

«Por fin la pesadilla tiene miedo».

Después de un par de vueltas el guardián se precipita en picada hacia la poza. Caen produciendo una lluvia alrededor de la poza. Enrique clava la mirada en el agua, un destello se produce en el fondo y después la criatura multicolor sale en otro chorro de agua para plantarse cerca del niño y el brujo.

—Está hecho —dice el brujo con alivio —. Gracias por todo amigo —le dice a la criatura de luz y extiende una mano cerca de su cabeza.

El guardián se deja acariciar por el señor Miguel

(cuídalo bien)

Luego voltea a ver al niño, sus ojos negros de obsidiana parecen estar llenos de nebulosas y estrellas; una vez más canta con misticismo.

—Ven, no tengas miedo —lo invita el brujo.

Quique se acerca más a la criatura.

—Ten… dale esto… —Dice ofreciéndole un cuarzo rosáceo que saca de una bolsa del pantalón.

Enrique toma el cuarzo y sobre la palma se la ofrece a la bestia. El guardián se acerca con cautela, olfateando la piedra antes de tomarla con su hocico; Quique siente una sensación de frescor cuando la saliva toca su piel. La criatura acerca la cabeza a la del niño y con la punta de la nariz lo acaricia, el pequeño ríe por primera vez en muchos sueños.

—Me hace cosquillas… —dice mientras acaricia al guardián —. ¿Esa piedrita es como la que puso en mi almohada?… ¿Señor Miguel? —Pregunta con cierta preocupación al ver que el brujo estaba doblado, sujetando su abdomen con ambas manos; el pequeño lo veía borroso como si vibrara, notaba manchas de sudor en el pecho y debajo de los brazos —¿Esta bien?

—Si… estoy bien… es solo que estar aquí después de tanta agitación… es algo agotador… —. Se pone en píe recobrando un poco de nitidez —son cuarzos rosas, les gustan como a los caballos los cubos de azúcar; hay en todos los sueños —termina antes de volver a doblarse de dolor.

— ¿Está bien?… ¿Qué puedo hacer para ayudarlo señor Miguel? —pregunta asustado con el guardián sentado a su lado.

—No olvides tu promesa… solo eso… mi tarea aquí está hecha… y él te cuidara, siempre y cuando recuerdes y creas…

—Pero… ¿Qué es el? —pregunta el pequeño.

— ¿Qué es? —pregunta con sarcasmo —. Bueno… es obvio —Quique se queda pensando un poco.

El temor y el peligro que había presenciado hace unos instantes (ni siquiera estaba seguro cuanto tiempo había pasado), parecía tan lejano.

— ¿Y cómo se llama? —vuelve a preguntar.

—Eso depende de ti.

— ¿El monstruo está muerto, señor Miguel?

—Bueno… —frunce los labios pensando —ya te había dicho que esas cosas no mueren en realidad… mientras estés bien… ya sabes, tranquilo y feliz, no creo que se atreva a regresar —afirma —. Pero recuerda… el guardián solo puede ayudarte en sueños y… no puede ayudarte cuando despiertes, tienes que enfrentar tus miedos… o todo esto habrá sido en vano.

Enrique se queda viendo al suelo, sabe muy bien a que se refiere, el principio de la pesadilla habían sido esos tres niños que lo acosan y mientras no pueda con ellos, nunca estará por completo en paz.

—Entiendo… debo ser valiente.

—Tienes que serlo… porque yo ya soy muy viejo como para hacer esto otra vez —dice recobrando su amargura y frialdad. El brujo vuelve a acariciar a la bestia que ahora yacía acostada al lado del niño —. Bueno niño… tengo que irme, mi tarea a terminado y antes de que me quede borroso de por vida… debo despertar.

El campo en donde había sido la última batalla rompió el silencio y se llenó del bullicio cantarín de las aves.  El señor Miguel se acercó al pequeño como la primera vez en ese patio de juegos y le tendió la mano.

Quique vio la mano tendida y entendió de inmediato que al estrecharla, aquella aventura onírica terminaría; lo que sucedería en los siguientes días y sueños dependía de él.

Estrecho la mano del brujo.

Mil alfileres de dolor recorrieron las venas de Miguel; dos clavos al rojo vivo se incrustaron en sus ojos lentamente y después, todo fue oscuridad.

 

6.-El despertar (sueño y realidad)

En la habitación de su hijo Pamela y Ulises intercambiaban preocupaciones en susurros ¿cuánto tiempo estarían así?, habían pasado cerca de 30 minutos, su hijo dormía con la mano del especialista  en su frente, el hombre había cerrado los ojos y se había quedado inmóvil, como si fuera una estatua; Pamela ni siquiera veía el movimiento normal en el pecho del hombre, parecía que no respiraba; ya se había arrancado con los dientes todas las uñas (o lo poco que quedaban de ellas) y tamborileaba nerviosa la punta del pie izquierdo.

Ulises tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. No olvidaba la visión que le había mostrado entre humo y sombras

«Si ese monstruo era real ¿cómo podría ese hombre luchar contra él? ¿Y si todo salía monumentalmente mal? Sería su culpa si su hijo quedaba dañado de la mente o con narcolepsia».

No dejaba de pensar en que pudo haber empeorado las cosas.

El sonido de un respirar profundo saco a ambos padres de sus pensamientos con un ligero sobresalto, el hombre que habían llamado para “solucionar su problema” inflo el pecho con todo el aire que pudo y lentamente vacío los pulmones; alzo la mano que descansaba sobre la frente del niño y en un ademan de “alto”, detuvo en las gargantas de los padres las preguntas obvias, luego acerco su dedo índice y lo puso sobre los labios pidiendo silencio.

—Ahora duerme… y creo que debe recuperar el sueño perdido —dice levantando la cara.

Pamela lo ve con cierto terror, parecía al menos 5 años más viejo que cuando cruzó su portal, tenía la frente perlada de sudor y un tono en la piel enfermizo, entre verde y blanco.

— ¿Se encuentra bien? —pregunto la madre con una mano sobre el pecho.

—Si… solo… ¿me podría regalar un vaso con agua…?

—Si, por supuesto —contesta la mujer y sale hacia la cocina.

Ulises ve a su mujer salir de la habitación y espera hasta escuchar que sus pasos se alejaron lo suficiente.

—Y… ¿Funcionó? —pregunta con preocupación.

—Claro que funcionó… te dije que estaría bien.

—Pero… esa cosa… ese…monstruo debajo de su cama… se fue…

—Eso nunca se irá, no hasta que su hijo este completamente en paz y para eso necesita un ambiente de tranquilidad.

—Pero entonces si esa cosa va a regresar, cuando es la segunda… amm… terapia

— ¡No amigo! No habrá “segunda terapia” —dibuja comillas con los dedos —. A partir de este momento, es su trabajo mantener las cosas así… pero no se preocupe, le puedo ayudar un poco más —Pamela regresa a la habitación con un vaso de agua que tiende al brujo, él se lo toma de un solo trago —. Muchas gracias —dice y le regresa el vaso vacío a su anfitriona —. Esta hecho señora, su hijo dormirá tranquilo de ahora en adelante.

—Pero… ¿Qué le sucedía? ¿Por qué no podía dormir? —Pregunta la madre.

—Bueno… digamos que estaba triste y estresado… y eso dentro de los sueños pueden crear cosas que son difíciles de manejar, nosotros mismos nos creamos… monstruos… por así decirlo —explica tratando de ocultar ciertos detalles.

—Entonces, eso que hizo con Quique… ¿Cómo fue que lo soluciono?

—Bueno es una clase de hipnosis… tome una emoción diferente… amm… una emoción positiva y… amm cree un recordatorio, como una post-it mental —trata de explicar un hecho que no era del todo falso —. El aroma del aceite y el cuarzo debajo de su almohada, cuando huela ese aroma y toque la piedra, recordara lo opuesto a sus pesadillas —sigue explicando con la vista del padre fija y la madre asintiendo mientras trata de entender lo que escucha.

—Entonces si olvida el aroma o pierde la piedrita… ¿Las pesadillas pueden regresar?

—Es poco probable —dice mientras camina hacia el pasillo.

Los padres acompañan a Miguel hasta la sala en donde estaba su mochila, se agacha y empieza a buscar algo en los muchos compartimientos. Pamela puede ver frascos de plástico y pequeñas botellitas de vidrio como las del aceite que uso en Enrique.

—Aquí estas —dice mientras saca un objeto envuelto en tela rojo —. Esto es para Enrique —dice mientras le da el objeto a la madre.

Pamela toma el objeto y con sumo cuidado, como si se tratara de un objeto de cristal que podría romperse en cualquier momento, lo destapa y saca un pequeña figura de madera pintada de tonos brillantes de verde, azul y turquesa, la cubren intrincados patrones zigzagueantes y diminutos círculos concéntricos que parecen imposiblemente perfectos para el tamaño. La parte delantera es un venado, patas, cabeza y astas; de en medio de su lomo salen dos alas largas como de águila; las patas traseras fueron sustituidas con una cola de pez larga.

Ulises se asoma sobre el hombro de su esposa para ver el regalo de su hijo.

—Es un… —comienza Pamela.

—…Alebrije —termina el padre.

—Es un recuerdo… un amuleto —dice el brujo mientras cierra las bolsas de su mochila.

Pamela le da codazos a su esposo haciendo ademanes con la cabeza señalando al señor Miguel y después de una mirada fulminante de su mujer, por fin entiende

—Y… ¿Cuánto le debemos señor? —pregunta Ulises.

—Amm… no es nada… el amuleto es un regalo —contesta.

—Y… ¿Por… amm… la “terapia”?

—Bueno… Lo que me quiera dar está bien —dice el brujo sintiendo una leve satisfacción por la situación en la que había metido a Ulises.

El padre ve a miguel con cierto enojo y resignado saca la cartera, rebusca entre los billetes y toma uno de 100 pesos; Pamela ve a su esposo con mirada de reproche y de inmediato Ulises agrega un billete de 200 al “pago”.

—Aquí tiene —dice el padre mientras le tiende los billetes al brujo.

—No hay de qué —contesta —bueno… fue un placer, me tengo que retirar —dice mientras se cuelga la mochila al hombro.

Había lanzado el anzuelo…

—Espere… señor Miguel… —lo detiene.

—Dígame… ¿Qué sucede?

— ¿No tiene algo en su mochila que pueda ayudar a Quique a no olvidar eso de la hipnosis?

Y había picado.

—Bueno… supongo que si… pero no puedo dejárselos señora, los necesito para trabajar.

—Bueno podemos llegar a un acuerdo —dice la madre.

—Bueno podría dejarles aceite de pirúl que use para dormir a Quique, si lo usaran en la noche, solo un poco, eso ayudaría; también le serviría aceite de canela para el día, una gota en la sienes y otra entre el labio y las fosas nasales —comienza a recetar.

— ¿Algo más? —Pregunta con cierto enfado Ulises.

—Bueno, ya que lo preguntas —dice dirigiéndose al padre —. No le caerían mal clases de taekwondo, o de karate, o de cualquier cosa que le ayude a defenderse, hay tres niños más grandes que lo molestan en la escuela —le suelta al padre.

Ulises se queda viendo al brujo sin dar crédito a su osadía. Como sabía que a su hijo lo molestaban, si no se lo había dicho a él, con certeza podría enseñarle a defenderse, era su hijo y él debía enseñarle.

— ¿Y cuánto costara todo eso? —pregunta de mal modo.

—Bueno no sé cuánto cuesten las clases de karate —dice con sarcasmo acido —. Pero le dejo los aceites a 70 cada uno.

Pamela le habla en susurros a su esposo y después de un momento, la madre regresa con tres billetes de 50 pesos.  El brujo busca entre los bolsillos internos de su chamarra y saca dos frascos de vidrio del tamaño de gotas medicinales (uno rojo y otro verde); ya los tenía preparados.

Ulises clava la mirada en el hombre, todo había sido una trampa, todo era falso, un teatro para ganar dinero, en cuanto saliera de su casa tomaría toda esa basura y la tiraría, la quemaría hasta las cenizas; toda esa mierda no servía de nada… aunque aquella visión del monstruo parecía muy real ¿Qué clase de droga habría usado? ¿Qué clase de truco era ese? Él no podría decir a ciencia cierta que había sido esa visión, incluso pudo ser cierta, aunque pareciera increíble y las probabilidades fueran casi nulas, si era cierto, tal vez toda esa mierda podría servir de algo.

¡Hijole! No tengo cambio señora —dice el brujo.

— ¡Quédese con el cambio! —contesta Ulises.

—Bueno… muchas gracias —contesta guardando el dinero en el bolsillo.

Siempre trataba de ser justo con sus precios, cuando sus clientes no tenían dinero que ofrecer siempre aceptaba gustoso lo que pudieran dar, incluso podía intercambiar su “trabajo” por algún favor posterior. Claro que había otros clientes que no adolecían de pobreza y a ellos se les podía cobrar lo justo más algún cargo extra por ser arrogante o mezquino.

Con los años se aprendía a calcular que tan gordo era el pez y cuanto se podía obtener de él, después de todo, si las cuotas eran demasiado altas, los clientes simplemente huían y eso no le convenía al negocio.

—Gracias a usted —le dice Pamela en el portal mientras abre la puerta y le tiende la mano.

Él contesta el saludo.

El brujo sonríe mientras sale de la casa; el padre ve como se marcha con parte de su quincena en la bolsa, con señas Ulises le dice a su esposa que vaya a ver a su hijo.

— ¡Espere! —dice el padre deteniendo al brujo.

Miguel frena su caminar y voltea con la mano apretada sobre la empuñadura del bastón.

Por si acaso.

—Solo quería hacerle una pregunta —continua —eso que acechaba a Quique… el monstruo bajo la cama… ¿Qué cosa era?

El brujo ve autentica preocupación del hombre; respira profundo.

—Es difícil de explicar… eso es… bueno se llama Ixamalin… o lo que quedan de uno —Ulises no lo pierde de vista y siente que el brujo le habla en otro idioma —. Hace algún tiempo, había calamidades que azotaban estas tierras, pero nuestros ancestros derrotaron a todas y cada una de ellas… les debemos este tiempo, pero esas entidades no pueden desaparecer… solo cambian, son un fantasma; un remilgo de su ser era lo que acosaba a su hijo… si eso lo provoco su sombra, imagínese lo que puede hacer una calamidad real.

— ¿Y todo eso es cierto?

El brujo ríe con fuerza.

—Créeme… eso en realidad no importa, tú decides que es real para ti. Yo solo conteste a tu pregunta —dice el señor Miguel y comienza a caminar.

—Gracias…—dice Ulises sin olvidar el enojo que sentía por el dinero perdido pero consiente de que agradecerle era lo correcto.

El brujo levanta la mano diciendo “de nada”.

El padre cierra la puerta a su espalda.

Pamela camina en el cuarto de su hijo y deja el pequeño alebrije sobre la silla en la que estaba el brujo.

El pequeño Enrique duerme plácidamente con una sonrisa en la boca; su madre le da un beso en la frente.

En la calle, a una cuadra fuera del fraccionamiento; Miguel, el brujo, camina a paso lento recargado en su bastón, la cojera más marcada y el estómago revuelto, camina un poco más antes de tener un absceso de tos que le produce arcadas.

Odiaba lo que le sucedía después de un trabajo, el malestar, el cansancio. Busca entre las bolsas de su chamarra su chocolate de emergencia, el dulce hará que se sienta mejor.

Un murciélago chilla y cruza volando sobre su cabeza.

Aquel viejo nunca lo perdía de vista.

En ese momento no le importaba, lo único que quería era dormir.

J.S.Pascual (Azeem)

J.S.Pascual (Azeem)

Dicen que un pueblo o una raza mueren dos veces; que se la puede aniquilar de dos maneras; la primera con una invasión e imposición de otro pueblo y la otra; cuando su gente joven deja de oír la voz de los viejos en su cabeza. Y esta historia es la voz de mis viejos que retumba salvajemente dentro de la mía…
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Dicen que un pueblo o una raza mueren dos veces; que se la puede aniquilar de dos maneras; la primera con una invasión e imposición de otro pueblo y la otra; cuando su gente joven deja de oír la voz de los viejos en su cabeza. Y esta historia es la voz de mis viejos que retumba salvajemente dentro de la mía…

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