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Alma Grande

El primer cuento

De los recuerdos más profundos que guardo de mi niñez, de los más arraigados son las tardes donde después de la escuela, ascendía a la montaña sagrada con mi abuelo en busca de leña; que era usada para la cocción de tortillas y atole.

En el ascenso, siempre –a menos que por alguna travesura estuviera mi abuelo enojado conmigo- me contaba algún relato esta historia la recuerdo perfectamente  porque a propósito de ella siempre bajábamos de la montaña sagrada por el mismo camino: “la caída del zopilote”.

Y como siempre no podía aguantar el paso del viejo.

-¿Y si descansamos coy?

-Vamos mi niño, no seas la deshonra de tus antepasados; en tiempo de los antiguos nuestra familia vivía aquí en el cerro del coyote,  tus antepasados de una tradición gloriosa, grande subían y bajaban sin gesto.

-Cuéntame de eso Coy, de Alma y Fuego grande –“El señor sol”-

-Escucha con atención -para esas orejotas mi niño- pues esta es nada menos y nada más que el origen de los “oaxacos”.

Hace mucho tiempo, en los tiempos de los antiguos existían dos razas por estas tierras. Los mixtecos guerreros que decían ser hijos de los dioses, nacidos de la sangre misma de los gigantes que todo lo gobernaban. Y los Zapotecos un pueblo que vivía de la paz y el saber, también herederos de los dioses pues decían que ellos guardaban el saber de los que vivieron en la tierra- entre nosotros- ellos eran astrólogos poetas y artesanos pero sobre todo conocían las artes mágicas del todo.

En aquellas épocas, mi niño, coyoatl el nahual del coyote, el tercer nahual nocturno; el más cercano al señor que gobernaba a los mixtecos. Era ni más ni menos el maestro de guerra y guardia real, del soberano de los antiguos al que llamaban el 8 fuego grande, el primer fuego grande.

-Entonces abuelo había más con ese nombre?

-Solo dos; hijo y padre el señor 8 fuego grande que era el patriarca y el señor sol 5 fuego grande que era su hijo y quien fue quien encabezo  “la gran alianza” la alianza entre mixtecas y zapotecas.

Recuerda mi niño – y nunca lo olvides- los mixtecos y los zapotecos son los antiguos padres de los oaxaqueños; y los oaxaqueños somos los custodios de su tradición y su sangre.

Cuentan los viejos que en una noche menguante de luna, un tributo de guerra llegó a la montaña sagrada: tres regalos de rendición; una reliquia, canastos de oro y jade y el más preciado tesoro del rey zapoteca: Alma grande, la princesa más querida por su pueblo; una mujer que su belleza solo era comparable a la tristeza de haber sido alejada de su familia.

Aquella entrada de la princesa luz de luna, alma grande a tierras mixtecas con su dote real; fue conmemorada en piedra y códice, y en las costumbres que sobreviven en todas las bodas oaxaqueñas.

Sí, mi niño -en verdad te digo – “el señor sol” quedo atrapado en esos ojos negros desde muy joven y en ella vio a la señora que lo acompañaría toda la vida y que le daría un heredero.

Coyoatl su más cercano consejero fue asignado a vigilar de día y noche a Alma grande. Pegado a ella como una sombra la seguía imperceptiblemente pegada a su presencia.

Y en esa cercanía la llego a querer tanto como a su hija perdida -pues se le murió en edad tierna mi niño- y fue la compañía de la princesa por un tiempo.

Hasta que una noche de luna; trajo la tragedia mi niño –imprudentes- los zapotecos cometieron una osadía tan peligrosa como desastrosa -mi niño hermoso- actuando en contra del tratado de paz.

Mis ojos desorbitados a causa de mi conciencia metida en la historia, e impaciente a las pausas del relato, hacían que la subida, que aquella pendiente no la percibiera.

Aquel viejo que encumbraba un sombrero café señalaba al suroeste a un paraje muy conocido.

-Justo ahí está un  lugar ahora conocido como “el mogote” en aquellos días de los antiguos le llamaban “tocno xii” puesto militar de vigilancia y esa noche en particular no sonaron el caracol esa noche al vaciar el bule de barro -el reloj de los antiguos- aquel silencio solo podía significar una cosa: invasión.

Estos puestos de vigilancia tenían que sonar tambores y caracol cada determinado tiempo informando en clave los pormenores de la noche, de lo contrario se pensaba que algo andaba mal – mala señal, mi niño- un grupo de zapotecas, intentaba un rescate, un rescate desafortunado.

Ese día tlacuil (nahual del tlacuache) estaba a cargo de la vigilancia, así que de inmediato, aviso de la amenaza que se aproximaba.

Aquella noticia llevo tristeza a su señor, el soberano, el llamado “señor sol”.

– porque entristeció al señor de los mixtecos coy?

-una ofensa así era razón suficiente para que los emplazamientos cerca de Zaachila atacaran el señorío zapoteca; llevando a reanudar una guerra que se pensaba terminada; pero lo que más entristecía al señor sol, era el hecho de que no podría masacrar al pueblo de la mujer que amaba.

Pero lo más canijo mi niño era que según la ley mixteca, lo que tocaba era la ejecución de Alma grande” – el tributo dado como prenda de paz imagina mi niño, tremenda decisión.

– ¿Y que hizo coy? ¿Que hizo el señor sol?

– Pues sucedió que mando a traer a Coyoatl; Amigo, hermano de guerra y también su maestro – mí niño-

Poniendo su dolor en el hombro de su compañero de batallas sin contar, le dijo en tono casi secreto:

– delicada e importante la orden la que te encomiendo.

Es el deseo de tu soberano que saques a Alma grande de la ciudad sagrada vistiendo mis ropajes reales para que los guerreros no cuestionen ni obstaculicen tu camino, Camina abrigado por la oscuridad y esconde esta flor en secreto a “Xi mi ni tecu”  es algo que no tiene traducción en la palabra de ahora pero era donde fuerzas mixtecas eran muy grandes ubicado por lo que ahora es el cerro de San Antonio de la Cal.

-¡Qué era lo que el astuto señor haría coy?

– pues cortaría la cabeza de una doncella y la vestiría como Alma grande, y dejando un sobreviviente del rescate zapoteca, este contara lo ocurrido; así llevaría la noticia a los reinos zapotecas – pues era la única manera de no traicionar su señorío y a su amada.

Pero la ley mixteca es absoluta mi niño pues los mismos dioses la pusieron sobre los hombres; no puede ser burlada.

Y así como te lo cuento mi niño; Coyoatl y Alma grande sol bajaron por los acueductos de la montaña sagrada, saliendo por “la caída del zopilote”, siguiendo por el arroyo del “sapo”

Esa noche cuando la fuerza de rescate zapoteca llagó cerca de aquella imponente ciudad encumbrada en un cerro -claro- vigilado siempre por los guerreros nahuales en silencio; esperando la oren de Tlacuil de atacar.

Pero esa orden jamás llego mi niño; en su lugar la encomienda de un rey: dejar un sobreviviente.

Aquella fortaleza jamás conquistada vio subir a aquel rescate apersonado en fieros guerreros zapotecas; el canto de un ave nocturna era la señal y todo terminaría quedo.

Y como presagio no solo de muerte aquel canto de tecolote; rompió el silencio y la existencia de todos menos uno y ese sobreviviente mi niño vio el cuerpo de una doncella sin cabeza; aquella visión de esos ropajes reales zapotecas manchados por el rojo sangre fue como una puñalada en su corazón.

– ¿y qué pasó coy?

– escucha bien esta parte de la historia mi niño, porque esto marco el destino de nuestra gente y nuestra raza.

De los 15 guerreros solo uno corría con un una noticia de horror y desesperanza; y quiso el destino o tal vez los dioses mismos llevaron esos pasos desesperados zapotecas por veredas en dirección contraria; aquel guerrero zapoteca cansado y herido por las espinas; vio a lo lejos una comitiva real y con las visiones de sus compañeros muertos y su princesa degollada la mano de la muerte puso una flecha en su arco.

Cuenta la leyenda en piedra silenciosa -mi niño hermoso- que una flecha de muerte silbo por el cielo nocturno y acompañado de un golpe seco atravesó un ropaje real mixteco.

Coyoatl puso una flecha en su binigulaza y respondió matando al agresor.

De sus ropajes saco un caracol canto unas notas de agonía real avisando lo acontecido poco a poco ese canto fue repetido por los caracoles del Paragüito, y así sucesivamente hasta que todo el lugar se llenó de aquella fúnebre señal.

La ley mixteca no puede ser burlada mi niño; los dioses están al pendiente de todos los que nos quedamos; y es irónico que la única esperanza zapoteca fuera la única causa de la muerte de quien más amaban.

El Señor sol, que de inmediato entendió aquel sonoro canto bajó al lugar. Lo que sucedió después mi niño lleno de tristeza para siempre al señor sol.

Al llegar aquel lugar a las orillas del rio grande; el rio Atoyac; alcanzó a la dulce Alma grande, a su amada con vida; pero a punto de partir al mundo de los espíritus.

Aquella princesa zapoteca murió en brazos del Señor sol, con lágrimas en los ojos y con el último aliento de vida dijo:

-“Solo te pido en nombre de lo acontecido, y del gran amor que me tienes que esta lucha de dos pueblos hermanos termine. Has que mi misión de embajadora de paz perdure en tu vida y reinado, y yo, te prometo que cada noche de luna como esta vendré en tu sueño y viviremos lo que la muerte nos arranca de nuestras existencias”

– Y así mi niño, como te lo cuento alma grande partió hacia el mundo de los espíritus.

Ya con el cuerpo sin vida entre sus brazos honró la ley mixteca decapitando a su amada y entregándola a su padre el señor de los Zapotecas. Aquel rey zapoteca, el rey lagartija, enloqueció de pena y tristeza por un tiempo; pidió que enterraran la cabeza de su hija lejos del reino para que nunca viera donde estaba y asi lo hicieron; la cabeza se enterró  en el extremo opuesto de los reinos zapotecas en un lugar secreto.

Y los días pasaron y los ejércitos no se movieron, ni un tambor de guerra mixteca se tocó más en contra de un pueblo zapoteca.

El señor sol, libero del tributo al pueblo zapoteco y termino la división entre estos dos pueblos. Poco tiempo después esos dos pueblos fueron uno solo, dando origen a la raza de los antiguos oaxaqueños. Los mixtecos-zapotecas los herederos de los dioses y los guardianes de su saber, los señores que venían de las nubes y la era de grandes penachos comenzó.

El lugar donde murió la bella alma grande al bañarse con la sangre de la doncella florecía todo el año entre lirios y flores de cazahuate, curioso solo flores blancas crecían en aquel paraje; mismo que fue visitado por el Señor sol todas las noches de luna grande, y en ese lugar fue puesto un adoratorio; un recordatorio de que el sacrificio de una princesa llevo a la unión de dos grandes razas. Custodiado siempre por Coyoatl aquel adoratorio lucia siempre como un edén.

-¿Y dónde queda eso mi señor?

-Vamos, ¡tú lo conoces!

Mi cabeza dio vueltas hasta que esbozando una sonrisita de

Satisfacción de mi abuelo dio a lugar una  la explicación:

-Cuando Cortés pasó por aquí mi niño, en señal de dominio celebro la primera misa católica de estas tierras -celebrando bautismo por cierto- en el lugar donde a las riveras de un rio un valle se caracterizaba por estar lleno de lirios blancos y flores de cazahuate, las flores cara de luna. Y ese lugar no era otro que el adoratorio de “alma grande”  una osadía que le costó la vida de varios soldados y fue su primer encuentro con aquellos guerreros mixtecos-zapotecos; con los temidos “nahuales” – palabra y  recuerdo que persiguió a Cortés hasta el último de sus días, mi niño- como recuerdo de su primera cicatriz mando construir una capilla en el lugar del adoratorio.

Cuéntame de eso abuelo, cuéntame de Cortés, coy…

Eso será otro día mi niño, pues si mi niño como te decía Cortés mando construir una capilla en el adoratorio de Alma Grande.

Entonces entendí todo… esa capilla, es la capilla de la ex garita.

-qué triste coy, esos amorosos no se les hizo estar juntos.

-te equivocas mi niño.

El señor sol en cada ciclo de cosechas veía a alma grande; con magia de los espíritus antiguos la princesa se encarnaba en una joven y por una noche príncipe y princesa, vivían su amor y con ese amor bendecían y renovaban la “alianza grande” y santificaban la buena tierra.

 

El señor sol decreto que cuando la diosa de la muerte lo llevase al mundo de los espíritus su cuerpo fuera a la tierra de los zapotecos a descansar junto con su amada.

Cuando este tiempo llego; cuando el señor sol hubo que abandonar este mundo material; aquella reliquia acompaño a princesa y al gran señor para siempre; e hizo que ese último instante donde la muerte no es muerte y donde la vida no deja de serlo vivieran una promesa de amor, para siempre en una tumba de piedra roja hecha por la mismita diosa de la vida, la diosa Centéotl.

Esta leyenda me acompaño toda mi infancia y siempre es recordada porque para entrar y salir de Xoxocotlán tienes que pasar por ahí como si esta voz de mi pasado siguiera sonando aun en mi presente y el de todos nosotros.

Cada vez que paso por ahí, por esa capilla la miro, y una fuerte sensación recorre mi cuerpo, y tal vez suene a fantasía, pero se siente una vibra extraña pero a la vez cálida; casi puedo ver en mi mente a aquella princesa, muerta por la incomprensión de gente necia, y sigo pensando en lo que me decía mi abuelo, “las cosas de ahora no son tan diferentes a las de entonces, pero eso no tiene que acabar así, mi niño…siempre se puede evitar una guerra”.

 

J.S.Pascual (Azeem)

J.S.Pascual (Azeem)

Dicen que un pueblo o una raza mueren dos veces; que se la puede aniquilar de dos maneras; la primera con una invasión e imposición de otro pueblo y la otra; cuando su gente joven deja de oír la voz de los viejos en su cabeza. Y esta historia es la voz de mis viejos que retumba salvajemente dentro de la mía…
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Dicen que un pueblo o una raza mueren dos veces; que se la puede aniquilar de dos maneras; la primera con una invasión e imposición de otro pueblo y la otra; cuando su gente joven deja de oír la voz de los viejos en su cabeza. Y esta historia es la voz de mis viejos que retumba salvajemente dentro de la mía…

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